ESPAÑOL

El pescador y su mujer

DANSK

Fiskeren og hans kone


Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza, a la orilla del mar. El pescador iba todos los días a echar su anzuelo, y le echaba y le echaba sin cesar.

Estaba un día sentado junto a su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia su límpida agua, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo y al sacarle tenía en la punta un barbo muy grande, el cual le dijo: -Te suplico que no me quites la vida; no soy un barbo verdadero, soy un príncipe encantado; ¿de qué te serviría matarme si no puedo serte de mucho regalo? Échame al agua y déjame nadar.

-Ciertamente, le dijo el pescador, no tenías necesidad de hablar tanto, pues no haré tampoco otra cosa que dejar nadar a sus anchas a un barbo que sabe hablar.

Le echó al agua y el barbo se sumergió en el fondo, dejando tras sí una larga huella de sangre.

El pescador se fue a la choza con su mujer: -Marido mío, le dijo, ¿no has cogido hoy nada?

-No, contestó el marido; he cogido un barbo que me ha dicho ser un príncipe encantado y le he dejado nadar lo mismo que antes.

-¿No le has pedido nada para ti? -replicó la mujer.

-No, repuso el marido; ¿y qué había de pedirle?

-¡Ah! -respondió la mujer; es tan triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia e infecta como esta; hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama al barbo, dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará de seguro.

-¡Ah! -dijo el marido, ¿y por qué he de volver?

-¿No le has cogido, continuó la mujer, y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo.

El marido no hacía mucho caso; sin embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, la vio toda amarilla y toda verde, se acercó al agua y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


El barbo avanzó hacia él y le dijo: -¿Qué quieres?

-¡Ah! -repuso el hombre, hace poco que te he cogido; mi mujer sostiene que hubiera debido pedirte algo. No está contenta con vivir en una choza de juncos, quisiera mejor una casa de madera.

-Puedes volver, le dijo el barbo, pues ya la tiene.

Volvió el marido y su mujer no estaba ya en la choza, pero en su lugar había una casa pequeña, y su mujer estaba a la puerta sentada en un banco. Le cogió de la mano y le dijo: -Entra y mira: esto es mucho mejor.

Entraron los dos y hallaron dentro de la casa una bonita sala y una alcoba donde estaba su lecho, un comedor y una cocina con su espetera de cobre y estaño muy reluciente, y todos los demás utensilios completos. Detrás había un patio pequeño con gallinas y patos, y un canastillo con legumbres y frutas. -¿Ves, le dijo la mujer, qué bonito es esto?

-Sí, la dijo el marido; si vivimos siempre aquí, seremos muy felices.

-Veremos lo que nos conviene, replicó la mujer.

Después comieron y se acostaron.

Continuaron así durante ocho o quince días, pero al fin dijo la mujer: -¡Escucha, marido mío: esta casa es demasiado estrecha, y el patio y el huerto son tan pequeños!... El barbo hubiera debido en realidad darnos una casa mucho más grande. Yo quisiera vivir en un palacio de piedra; ve a buscar al barbo; es preciso que nos dé un palacio.

-¡Ah!, mujer, replicó el marido, esta casa es en realidad muy buena; ¿de qué nos serviría vivir en un palacio?

-Ve, dijo la mujer, el barbo puede muy bien hacerlo.

-No, mujer, replicó el marido, el barbo acaba de darnos esta casa, no quiero volver, temería importunarle.

-Ve, insistió la mujer, puede hacerlo y lo hará con mucho gusto; ve, te digo.

El marido sentía en el alma dar este paso, y no tenía mucha prisa, pues se decía: -No me parece bien, -pero obedeció sin embargo.

Cuando llegó cerca del mar, el agua tenía un color de violeta y azul oscuro, pareciendo próxima a hincharse; no estaba verde y amarilla como la vez primera; sin embargo, reinaba la más completa calma. El pescador se acercó y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


-¿Qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido medio turbado, quiere habitar un palacio grande de piedra.

-Vete, replicó el barbo, la encontrarás a la puerta.

Marchó el marido, creyendo volver a su morada; pero cuando se acercaba a ella, vio en su lugar un gran palacio de piedra. Su mujer, que se hallaba en lo alto de las gradas, iba a entrar dentro; le cogió de la mano y le dijo: -Entra conmigo. -La siguió. Tenía el palacio un inmenso vestíbulo, cuyas paredes eran de mármol; numerosos criados abrían las puertas con grande estrépito delante de sí; las paredes resplandecían con los dorados y estaban cubiertas de hermosas colgaduras; las sillas y las mesas de las habitaciones eran de oro; veíanse suspendidas de los techos millares de arañas de cristal, y había alfombras en todas las salas y piezas; las mesas estaban cargadas de los vinos y manjares más exquisitos, hasta el punto que parecía iban a romperse bajo su peso. Detrás del palacio había un patio muy grande, con establos para las vacas y caballerizas para los caballos y magníficos coches; había además un grande y hermoso jardín, adornado de las flores más hermosas y de árboles frutales, y por último, un parque de lo menos una legua de largo, donde se veían ciervos, gamos, liebres y todo cuanto se pudiera apetecer.

-¿No es muy hermoso todo esto? -dijo la mujer.

-¡Oh!, ¡sí! -repuso el marido; quedémonos aquí y viviremos muy contentos.

-Ya reflexionaremos, dijo la mujer, durmamos primero; y nuestras gentes se acostaron.

A la mañana siguiente despertó la mujer siendo ya muy de día y vio desde su cama la hermosa campiña que se ofrecía a su vista; el marido se estiró al despertarse; diole ella con el codo y le dijo:

-Marido mío, levántate y mira por la ventana; ¿ves?, ¿no podíamos llegar a ser reyes de todo este país? Corre a buscar al barbo y seremos reyes.

-¡Ah!, mujer, repuso el marido, y por qué hemos de ser reyes, yo no tengo ganas de serlo.

-Pues si tú no quieres ser rey, replicó la mujer, yo quiero ser reina. Ve a buscar al barbo, yo quiero ser reina.

-¡Ah!, mujer, insistió el marido; ¿para qué quieres ser reina? Yo no quiero decirle eso.

-¿Y por qué no? -dijo la mujer; ve al instante; es preciso que yo sea reina.

El marido fue, pero estaba muy apesadumbrado de que su mujer quisiese ser reina. No me parece bien, no me parece bien en realidad, pensaba para sí. No quiero ir; y fue sin embargo.

Cuando se acercó al mar, estaba de un color gris, el agua subía a borbotones desde el fondo a la superficie y tenía un olor fétido; se adelantó y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece;
es preciso darla lo que se merece.


-¿Y qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido; quiere ser reina.

-Vuelve, que ya lo es, replicó el barbo.

Partió el marido, y cuando se acercaba al palacio, vio que se había hecho mucho mayor y tenía una torre muy alta decorada con magníficos adornos. A la puerta había guardias de centinela y una multitud de soldados con trompetas y timbales. Cuando entró en el edificio vio por todas partes mármol del más puro, enriquecido con oro, tapices de terciopelo y grandes cofres de oro macizo. Le abrieron las puertas de la sala: toda la corte se hallaba reunida y su mujer estaba sentada en un elevado trono de oro y de diamantes; llevaba en la cabeza una gran corona de oro, tenía en la mano un cetro de oro puro enriquecido de piedras preciosas, y a su lado estaban colocadas en una doble fila seis jóvenes, cuyas estaturas eran tales, que cada una la llevaba la cabeza a la otra. Se adelantó y dijo:

-¡Ah, mujer!, ¿ya eres reina?

-Sí, le contestó, ya soy reina.

Se colocó delante de ella y la miró, y en cuanto la hubo contemplado por un instante, dijo:

-¡Ah, mujer!, ¡qué bueno es que seas reina! Ahora no tendrás ya nada que desear.

-De ningún modo, marido mío, le contestó muy agitada; hace mucho tiempo que soy reina, quiero ser mucho más. Ve a buscar al barbo y dile que ya soy reina, pero que necesito ser emperatriz.

-¡Ah, mujer! -replicó el marido, yo sé que no puede hacerte emperatriz y no me atrevo a decirle eso.

-¡Yo soy reina, dijo la mujer, y tú eres mi marido! Ve, si ha podido hacernos reyes, también podrá hacernos emperadores. Ve, te digo.

Tuvo que marchar; pero al alejarse se hallaba turbado y se decía a sí mismo: No me parece bien. ¿Emperador? Es pedir demasiado y el barbo se cansará.

Pensando esto vio que el agua estaba negra y hervía a borbotones, la espuma subía a la superficie y el viento la levantaba soplando con violencia, se estremeció, pero se acercó y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


-¿Y qué quiere? -dijo el barbo.

-¡Ah, barbo! -le contestó; mi mujer quiere llegar a ser emperatriz.

-Vuelve, dijo el barbo; lo es desde este instante.

Volvió el marido, y cuando estuvo de regreso, todo el palacio era de mármol pulimentado, enriquecido con estatuas de alabastro y adornado con oro. Delante de la puerta había muchas legiones de soldados, que tocaban trompetas, timbales y tambores; en el interior del palacio los barones y los condes y los duques iban y venían en calidad de simples criados, y le abrían las puertas, que eran de oro macizo. En cuanto entró, vio a su mujer sentada en un trono de oro de una sola pieza y de más de mil pies de alto, llevaba una enorme corona de oro de cinco codos, guarnecida de brillantes y carbunclos; en una mano tenía el cetro y en la otra el globo imperial; a un lado estaban sus guardias en dos filas, más pequeños unos que otros; además había gigantes enormes de cien pies de altos y pequeños enanos que no eran mayores que el dedo pulgar.

Delante de ella había de pie una multitud de príncipes y de duques: el marido avanzó por en medio de ellos, y la dijo:

-Mujer, ya eres emperatriz.

-Sí, le contestó, ya soy emperatriz.

Entonces se puso delante de ella y comenzó a mirarla y le parecía que veía al sol. En cuanto la hubo contemplado así un momento:

-¡Ah, mujer, la dijo, qué buena cosa es ser emperatriz!

Pero permanecía tiesa, muy tiesa y no decía palabra.

Al fin exclamó el marido:

-¡Mujer, ya estarás contenta, ya eres emperatriz! ¿Qué más puedes desear?

-Veamos, contestó la mujer.

Fueron enseguida a acostarse, pero ella no estaba contenta; la ambición la impedía dormir y pensaba siempre en ser todavía más.

El marido durmió profundamente; había andado todo el día, pero la mujer no pudo descansar un momento; se volvía de un lado a otro durante toda la noche, pensando siempre en ser todavía más; y no encontrando nada por qué decidirse. Sin embargo, comenzó a amanecer, y cuando percibió la aurora, se incorporó un poco y miró hacia la luz, y al ver entrar por su ventana los rayos del sol...

-¡Ah! -pensó; ¿por qué no he de poder mandar salir al Sol y a la Luna? Marido mío, dijo empujándole con el codo, ¡despiértate, ve a buscar al barbo; quiero ser semejante a Dios!

El marido estaba dormido todavía, pero se asustó de tal manera, que se cayó de la cama. Creyendo que había oído mal, se frotó los ojos y preguntó:

-¡Ah, mujer! ¿Qué dices?

-Marido mío, si no puedo mandar salir al Sol y a la Luna, y si es preciso que los vea salir sin orden mía, no podré descansar y no tendré una hora de tranquilidad, pues estaré siempre pensando en que no los puedo mandar salir.

Y al decir esto le miró con un ceño tan horrible, que sintió bañarse todo su cuerpo de un sudor frío.

-Ve al instante, quiero ser semejante a Dios.

-¡Ah, mujer! -dijo el marido arrojándose a sus pies; el barbo no puede hacer eso; ha podido muy bien hacerte reina y emperatriz, pero, te lo suplico, conténtate con ser emperatriz.

Entonces echó a llorar; sus cabellos volaron en desorden alrededor de su cabeza, despedazó su cinturón y dio a su marido un puntapié gritando:

-No puedo, no quiero contentarme con esto; marcha al instante.

El marido se vistió rápidamente y echó a correr, como un insensato.

Pero la tempestad se había desencadenado y rugía furiosa; las casas y los árboles se movían; pedazos de roca rodaban por el mar, y el cielo estaba negro como la pez; tronaba, relampagueaba y el mar levantaba olas negras tan altas como campanarios y montañas, y todas llevaban en su cima una corona blanca de espuma. Púsose a gritar, pues apenas podía oírse él mismo sus propias palabras:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


-¿Qué quieres tú, amigo? -dijo el barbo.

-¡Ah, contestó, quiere ser semejante a Dios!

-Vuelve y la encontrarás en la choza.

Y a estas horas viven allí todavía.
Der var engang en fisker, som boede med sin kone i en muddergrøft tæt ved havet, og han gik hver dag derhen for at fange fisk.

En dag sad han dernede og medede, mens han stirrede og stirrede ned i det blanke vand.

Pludselig gik flåddet til bunds, og da han halede snøren op, så han, at han havde fanget en stor flynder. Den begyndte at tale og sagde til ham: "Du må endelig lade mig leve, kære fisker, for jeg er ingen flynder, men en fortryllet prins. Selv om du slår mig ihjel, vil jeg dog ikke smage dig rigtig. Sæt mig ud i vandet igen." - "Nå, ja," sagde manden, "du behøver ikke at tage sådan på vej. En flynder, der kan tale, ville jeg dog ikke gøre noget." Derpå kastede han den ud igen, og den gik til bunds, og der var en lang stribe blod efter den på vandet. Men fiskeren gik hjem til sin kone i muddergrøften.

"Har du ikke fanget noget," spurgte konen, da han kom hjem. "Nej," svarede han, "jeg fik nok fat i en flynder, men den sagde, at den var en fortryllet prins, og så lod jeg den svømme igen." - "Har du da ikke bedt den om noget?" spurgte konen. "Hvad i al verden skulle jeg dog bede den om?" spurgte manden forbavset. "Du kunne da gerne have bedt om en lille hytte," sagde konen, "det er slet ikke rart at bo i sådan en muddergrøft, her lugter så ækelt. Gå hen og kald på den og bed om en lille hytte, så får du den nok." - "Hvorfor skulle jeg dog gøre det?" sagde manden. "Gå nu bare derhen," sagde hun, "du har fanget den og givet den lov til at beholde livet, den gør det såmænd nok." Manden havde ikke meget lyst til det, men han ville også nødig gøre sin kone imod, og så gik han da.

Da han kom ned til havet, svulmede det gult og grønt og var slet ikke blankt som før. Han stillede sig imidlertid på bredden og sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere, end jeg vil."

Flynderen kom også op og spurgte: "Hvad vil hun da?" - "Min kone siger, at da jeg dog nu har skænket dig livet, skulle jeg også bede dig om noget. Hun er så ked af at bo i muddergrøften og ville så gerne have en lille hytte." - "Gå du kun hjem," sagde flynderen, "hun sidder allerede i hytten."

Manden gik nu hjem og fandt sin kone siddende på bænken udenfor en lille hytte. Hun tog ham i hånden og sagde: "Kom ind, så skal du bare se, hvor pænt her er." Han gik så ind med hende. Der var en rar forstue og en nydelig dagligstue og et lille værelse med to senge. Køkkenet og spisekammeret var hvidt og pænt, og der stod blanke tinkrus og messingkar. Bag ved huset var der en lille gård med høns og ænder og en lille have med grøntsager og frugt. "Er her ikke nydeligt?" spurgte hun. "Jo," svarede han, "nu kan vi rigtignok få det godt. " - "Ja nu kan vi jo se, hvordan det går," sagde konen. Så satte de sig til at spise, og derpå gik de i seng.

Da der var gået en fjortendagestid sagde konen: "Hør, lille mand, jeg synes alligevel her er altfor lidt plads. Gården og haven er også forfærdelig små. Flynderen kunne da også gerne have givet os et større hus. Jeg kunne nok have lyst til at bo i et stort slot. Gå hen og bed flynderen om det." - "Herregud, lille kone," sagde manden, "hvad skal vi med det, hytten er jo god nok." - "Du kan da gerne spørge om det," sagde konen. "Nej," svarede han, "nu har den jo givet os huset her. Den kunne gerne blive gal i hovedet, når jeg nu kommer igen." Men konen blev ved at plage ham, og til sidst gik han også, skønt han var meget ked af det.

Da han kom ned til havet var det ikke mere grønt og gult, men helt mørkt og grumset. Der var dog ingen videre bølgegang, og han stillede sig igen på bredden og sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere, end jeg vil."

"Hvad vil hun da nu?" spurgte flynderen og stak hovedet op af vandet. "Hun vil bo i et slot," svarede manden bedrøvet. "Gå du kun hjem," sagde flynderen, "hun sidder allerede i slottet."

Manden gik hjem, og da han kom til det sted, hvor huset havde ligget, så han, at der stod et stort slot. Hans kone stod udenfor på trappen og tog ham i hånden, og han gik med hende ind i slottet. Der var så mange tjenere, der lukkede dørene op og i for dem, væggene var skinnende blanke, der stod forgyldte borde og stole, og på alle gulvene lå der bløde tæpper. Bagved slottet var der en stor gård med heste- og kostalde, og en dejlig have med blomster og træer. Lidt længere borte lå der en stor skov, og derinde sprang harer og hjorte lystig omkring. "Er her ikke dejligt," spurgte konen. "Jo," sagde manden, "men nu vil vi da også slå os til ro her." - "Lad os først sove på det," sagde konen, og så gik de i seng.

Den næste morgen vågnede konen først og satte sig op i sengen og kiggede ud på det dejlige frugtbare landskab. Manden lå endnu og sov, men på en gang gav hun ham et puf, så han vågnede, og sagde: "Jeg kunne nok have lyst til at herske over hele landet. Gå hen og sig til flynderen, at du vil være konge." - "Jeg har slet ikke lyst til at være konge," klynkede manden. "Vil du ikke, så vil jeg," sagde hun, "gå hen og sig til flynderen, "at jeg vil være konge." - "Nej, det gør jeg ikke," sagde manden, men han gjorde det alligevel til sidst.

Han gik ned til havet, der var kulsort, og sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere, end jeg vil."

"Hvad vil hun nu," spurgte flynderen. "Hun vil være konge," sagde manden bedrøvet. "Gå du kun hjem, hun er det allerede," sagde flynderen og dykkede ned igen.

Manden gik hjem, og da han kom til slottet så han, at det var blevet meget større. Foran stod en skildvagt, og der vrimlede af soldater. Da han kom ind i slottet så han, at det var helt af marmor og guld, og der hang røde fløjlsforhæng med store guldkvaster. Han gik nu ind i den store sal, hvor hele hoffet var forsamlet, og hans kone sad på en trone af guld og ædelstene med krone på hovedet og scepter og rigsæble i hånden. På hver side af hende stod seks jomfruer, den ene et hoved mindre end den anden. "Er du nu konge?" spurgte han. "Ja, det er jeg," svarede hun. Han stod i nogen tid ganske fortabt og så på hende, så sagde han: "Nu kan du da heller ikke forlange mere." Hans kone blev helt urolig. "Jeg kan ikke holde det ud," sagde hun, "gå ned til flynderen og sig, jeg vil være kejser." - "Nej det gør jeg ikke," sagde manden, "for det kan han ikke gøre dig til." - "Hvad for noget?" sagde konen, "vil du gøre, som jeg siger. Jeg er konge, og du er bare min mand. Han kan akkurat lige så godt gøre mig til kejser som til konge."

Manden måtte til sidst af sted, men han var meget bange og tænkte, at flynderen ville sikkert blive vred. Havet svulmede vredt og sort, men manden stillede sig op på bredden og sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere, end jeg vil."

"Hvad er der nu i vejen," spurgte flynderen. "Min kone vil være kejser," svarede manden og så meget ulykkelig ud. "Gå du kun hjem," svarede flynderen, "hun er det allerede."

Da manden kom hjem, var slottet blevet endnu større og pragtfuldere. Soldater marscherede frem og tilbage og blæste i trompeter og slog på tromme. Da han kom ind i salen, sad hans kone på en vældig høj trone med en stor guldkrone på og scepter og rigsæble i hånden. På begge sider af tronen stod drabanter, og den største var så høj som en kæmpe og den mindste ikke større end en lillefinger. Foran tronen stod mange fornemme folk forsamlede. Manden gik frem mellem dem og spurgte: "Er du nu kejser?" Han stod længe og befragtede hende, så sagde han: "Hvor det klæder dig at være kejser." - "Hvad står du der og glor for," sagde konen, "er jeg kejser vil jeg også være pave. Gå ned og sig det til flynderen." - "Det kan da ikke være din mening," sagde manden, "der er jo kun en pave i hele verden." - "Men jeg vil være pave," sagde konen, "jeg vil være pave endnu i dag. Skynd dig til flynderen." Manden ville nødig. "Gør du vrøvl?" sagde konen, "se til du kommer af sted. Husk på, jeg er kejser, og du er bare min mand." Han begav sig da også på vej, men han var så bange, at hans knæ rystede under ham. Vinden jog skyerne hen over himlen og susede gennem træerne, og langt ude kunne han se skibe, der blev kastet frem og tilbage på bølgerne. Lige i midten var himlen en lille smule blå, men imod syd trak der er mægtigt uvejr op. Mandens stemme skælvede, da han stod nede på bredden og sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere end jeg vil."

"Hvad vil hun da nu, " spurgte flynderen. "Hun vil være pave," sagde manden rystende af angst. "Gå du kun hjem, hun er det allerede," sagde flynderen.

Da han kom hjem, lå der en stor kirke omgivet af prægtige slotte. Folk trængte sig henimod kirken, hvor hans kone sad på en endnu højere trone i gyldne klæder. Lange rækker lys stod ved siden af hende, det største så stort som det højeste tårn og det mindste ikke større end et lillebitte vokslys. Præster og munke stod rundt om tronen, og konger og kejsere knælede ned og kyssede spidsen af hendes tøffel. "Er du nu pave," sagde manden. "Ja," sagde konen og nikkede. Manden gik rundt og så på hende og blev så blændet af al den pragt, som når man ser ind i solen. "Hvor du dog er smuk som pave," sagde han så. Hun svarede ikke, og han sagde da: "Nu kan du da ikke blive noget større. "Lad os sove på det," sagde konen, og så gik de i seng.

Manden var træt og sov trygt og godt, men konen kunne slet ikke falde i søvn. Hun smed sig fra den ene side af sengen til den anden og tænkte på, hvad hun dog kunne blive, som var endnu mere end pave. Da solen stod op, og hele himlen rødmede, satte hun sig over ende i sengen og tænkte: "Bare jeg også kunne få solen og månen til at stå op." Hun gav så sin mand et vældigt puf, så han vågnede. "Skynd dig lidt at stå op," sagde hun, "du skal gå ned til flynderen og sige, at jeg vil være Vorherre." Manden blev så forskrækket, at han faldt ud af sengen. Han troede, han havde hørt galt, og spærrede øjnene vidt op og sagde: "Hvad er det dog, du siger?" - "Jeg kan ikke holde ud at gå her og se på, at solen og månen går op og ned, uden at jeg har noget at skulle have sagt," råbte hun, "jeg får aldrig nogen rolig time mere. Gå ned til flynderen og sig, at jeg vil være Vorherre." Manden faldt på knæ og rakte hænderne op imod hende. "Det kan han ikke gøre," sagde han, "vær dog nu fornøjet med at være pave." Da blev konen ude af sig selv, håret fløj vildt om hovedet på hende, og hun gav ham et spark. Så skyndte han sig at stikke i tøjet og løb, som det gjaldt livet.

Udenfor rasede stormen, så han næsten ikke kunne stå på benene, træerne blev revet op med rod, bjergene skælvede, og store klippestykker blev slynget ud i havet. Himlen var kulsort, og det tordnede og lynede. Bølgerne gik så højt som kirketårne, og det hvide skum sprøjtede op i luften. Manden råbte så højt, han kunne, men kunne ikke engang høre, hvad han selv sagde:

"Flynder lille, flynder god,
stig op til mig af havets flod,
for min hustru Isabil
vil meget mere end jeg vil."

"Hvad er der nu i vejen?" spurgte flynderen. "Hun vil være Vorherre," sagde manden, og tænderne klaprede i munden på ham. "Gå hjem," sagde flynderen. "Hun sidder igen i muddergrøften."

Og der sidder hun endnu den dag i dag.




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