ROMÂNĂ

Spiritul din sticla

ESPAÑOL

El espíritu embotellado


Intr-o tara indepartata din Orient traia un om sarman impreuna cu singurul sau fiu, pe care il intretinea taind lemne in padure. Cum omul isi iubea fiul si dorea ca acesta sa aiba o soarta mai buna, se hotara sa isi foloseasca bruma de agoniseala pentru a-l trimite la scoala. Intr-o buna zi ii spuse:

- Pentru ca nu vreau sa duci o viata atat de grea ca a mea, am decis sa folosesc toate economiile pe care la-am strans de-a lungul anilor pentru a-ti asigura educatia. Astfel, vei deveni un om mai bun decat mine si, mai mult, ma vei ingriji cand voi fi batran. Fiul taietorului de lemne intra la un colegiu, unde, inca de la inceput castiga simpatia si aprecierea profesorilor si colegilor sai, pentru ca era silitor si isi facea toate temele. In plus, lua tot anul numai note bune, pentru care obtinea mereu premii si distinctii. Totul mergea bine, si ar fi mers si mai bine, daca banii tatalui sau nu s-ar fi terminat. Atunci, tanarul trebui sa se intoarca, indurerat, in satul sau, fara sa isi fi indeplinit dorinta arzatoare de a invata.

Dar, fiind curajos si muncitor, nu se descuraja. Intr-o buna zi ii spuse tatalui sau:

-Voi taia cu tine arbori in padure.

Tatal vru sa se opuna dorintei baiatului, dar acesta, incapatanat si hotarat, ceru cu imprumut un topor vechi de la un vecin si merse cu el sa taie copaci in padure. Intr-o zi, dupa ce manca, merse sa se plimbe pe marginea raului. Ajuns acolo, se aseza la picioarele unui arbore batran, gandindu-se cum sa faca sa se intoarca la scoala. Si cum statea asa abatut, auzi o voce inabusita, care striga:

- Te rog, scoate-ma de aici!

Baiatul privi in jur si nu vazu cine striga. Vru sa se indrepte spre malul raului, crezand ca, probabil, se ineca cineva. Cand sa plece, se impiedica de o sticla in care se agita ceva. Isi dadu seama ca de acolo venea strigatul. Ridica sticla si vazu ca in ea era o broasca raioasa care se zbatea neputincioasa, vrand sa iasa. Scoase dopul, dar cand broasca raioasa iesi, se transforma intr-un spirit inalt si gros cat un stejar batran.

- O sa te omor! tipa spiritul cu o voce de tunet. Am stat inchis in sticla mii de ani si am jurat ca-l voi ucide pe cel care ma va elibera!

Baiatul, care era istet, ii spuse linistit:

- Usurel, uriasule! Nici macar nu stiu daca tu esti cel care a fost inchis in sticla. Esti atat de mare, iar sticla este atat de mica!

- Nu crezi? striga spiritul. Puterea mea este nelimitata si iti voi dovedi ca eu am fost.

Micsorandu-si statura, intra iar in sticla. Atunci baiatul puse iute dopul sticlei si o arunca in acelasi loc in care o gasise. Spiritul, vazand ca tanarul sa pregatea sa plece, ii striga:

- Scoate-ma de aici si am sa te fac bogat! Cum baiatul avea suflet bun, scoase dopul sticlei si il elibera din nou pe spirit. Acesta, recunoscator, ii darui o piatra alba si ii spuse:

- Orice metal vei atinge cu aceasta piatra, se va transforma imediat in aur. Si daca atingi cu piatra o rana, aceasta se va vindeca imediat.

Apoi, spiritul disparu. Tanarul incerca sa verifice puterea pietrei si atinse cu ea vechiul topor pe care il imprumutase. Mare ii fu mirarea cand vazu ca acesta se transforma intr-un stralucitor topor de aur. "Cu acest topor voi dobori mai bine arborii," gandi si, trecand la treaba, incepu sa taie un trunchi vechi de copac. Intr-adevar, darama trunchiul mult mai usor, dar taisul toporului se strica. Ingrijorat, isi cauta tatal si ii spuse ce i se intamplase. Tanarul vru sa ii inapoieze toporul vecinului sau, crezand ca il va recompensa in acest fel, dar tatal ii sfatui ca era mai bine sa il vanda unui bijutier si sa cumpere un topor nou, din otel, cu care vecinul ar fi fost multumit. Asa ca mersera la un bijutier din oras, care le dadu atat de multi bani pe toporul de aur, incat nu cumparara doar un topor de otel, ci mult mai multe. Cu toate acestea, le mai ramasera atat de multi bani incat tanarul se intoarse la scoala, isi termina studiile si deveni medic.

Sa nu va ganditi ca tanarul a continuat sa atinga cu piatra alba metale, pentru a le transforma in aur. Dimpotriva, nu vru sa profite de acest lucru, ci, fiind medic, folosi piatra doar ca sa atinga ranile pacientilor. Si cum acestea se inchideau numaidecat, deveni un medic faimos. Astfel folosi puterea pietrei pentru binele omenirii.
Érase una vez un pobre leñador que trabajaba desde la madrugada hasta bien entrada la noche. Habiendo conseguido, al fin, reunir un poco de dinero, manifestó a su hijo:
- Tú eres mi hijo único; el dinero que he logrado ahorrar con mis sudores, voy a gastarlo en tu instrucción. Aprende un oficio que sea útil y honrado, y podrás mantenerme cuando yo sea viejo y mis miembros estén tan débiles que haya de quedarme en casa sentado.
Se fue el muchacho a la universidad y estudió con aplicación y diligencia durante un tiempo, mereciendo los encomios de sus maestros.
Después de estudiar dos o tres cursos, se agotó el poco dinero recogido por el padre, y el mancebo hubo de volver al pueblo.
- ¡Ay - díjole tristemente el viejo -, nada más puedo darte! Son tiempos muy duros, y apenas llego a ganar lo bastante para el pan de cada día.
- Padre - respondió el muchacho -, no os inquietéis por esto. Cuando Dios lo ha dispuesto así, es que será por mi bien. Ya me las arreglaré.
Como el padre se preparaba a marcharse al bosque para ganarse unas monedas con su oficio de leñador, díjole su hijo:
- Dejadme ir con vos a ayudaros.
- No, hijo - respondióle el leñador -. Te resultaría muy penoso, ya que no estás acostumbrado a esta clase de trabajo; no lo resistirías. Además, sólo tengo un hacha, y no hay dinero para comprar otra.
- Pedid una al vecino - dijo el mozo-. Os prestará su hacha hasta que yo haya ganado lo suficiente para comprarme una.
Fue el hombre a pedir prestada el hacha a su vecino, y al despertar el día se dirigieron juntos al bosque, donde el hijo se puso a ayudar a su padre, trabajando con todo ardor y alegría. A mediodía, cuando el sol caía sobre sus cabezas, dijo el viejo:
- Ahora descansaremos y comeremos; luego reanudaremos el trabajo.
Cogiendo el muchacho su pan, dijo:
- Descansad vos, padre. Yo no estoy fatigado; voy a pasear un poco en busca de nidos.
- No seas tonto - exclamó el viejo -. Si te vas a correr por ahí, luego estarás rendido y no podrás ni levantar el brazo; mejor es que te quedes conmigo.
Pero el hijo se metió en el bosque comiendo pan y mirando alegremente las ramas en busca de nidos. Así, andando sin rumbo fijo, llegó al pie de un alto y corpulento roble, que parecía varias veces centenario y cuyo tronco, apenas abrazarían cinco hombres con los brazos extendidos. Se detuvo y pensó: "Muchos serán los pájaros que habrán hecho aquí su nido." De pronto parecióle oír una voz; aguzando el oído, percibió unas palabras en tono apagado: "¡Déjame salir, déjame salir!." Miró en torno suyo, pero no descubrió nada. La voz parecía salir del interior de la tierra. Gritó entonces:
- ¿Dónde estás?
Respondió la voz:
- ¡Estoy aquí, entre las raíces del roble! ¡Déjame salir, déjame salir!
El estudiante se puso a desbrozar el pie del árbol y ahondar en la tierra, entre las raíces, hasta que, al fin, descubrió una botella de cristal metida en un pequeño hueco. Al levantarla y examinarla a la luz, vio una forma, parecida a una rana, que saltaba en el interior del frasco. "¡Déjame salir, déjame salir!," volvió a oír, y el mozo, sin pensar nada malo, quitó el tapón de la botella.
Inmediatamente salió de ella un espíritu, que empezó a crecer, tan rápidamente, que a los pocos instantes se había convertido en un tipo horrible, grande y corpulento como la mitad del roble.
- ¿Sabes - dijo el monstruo con voz espantosa - cuál será tu recompensa por haberme libertado?
- No - respondióle el muchacho, sin sentir miedo -. ¿Cómo voy a saberlo?
- ¡Pues te lo diré - gritó el espíritu -; en premio, voy a retorcerte el pescuezo!
- ¡Pudiste decírmelo antes - replicó el muchacho - y te habría dejado donde estabas! Por el momento, deja mi cabeza en su sitio, pues hay que consultar a otras personas.
- ¡Otras personas, otras personas! Digan lo que quieran, recibirás el premio que te mereces. ¿Crees, que me han tenido encerrado tanto tiempo en este frasco para hacerme un favor? No, fue para castigo. Soy el poderoso Mercurio. A cualquiera que me ponga en libertad, tengo que romperle el cuello.
- ¡Poco a poco! - replicó el estudiante -. No nos precipitemos. Antes he de saber si realmente eres tú quien estaba aprisionado en la botella y si se trata, en realidad, de un auténtico espíritu. Si eres capaz de volver a introducirte en ella, te creeré; y entonces podrás hacer conmigo lo que te venga en gana.
- Esto es facilísimo - respondió el espíritu, lleno de arrogancia; y, contrayéndose hasta quedar tan pequeño y sutil como antes, se deslizó por el cuello de la botella y se metió dentro. Apenas se hubo metido, el estudiante aplicó rápidamente el tapón y volvió a poner la botella en el lugar de donde la sacara, entre las raíces del roble, dejando así burlado al espíritu.
Disponíase el mozo a volver junto a su padre, cuando el espíritu exclamó, con voz lastimera: "¡Déjame salir, déjame salir!."
- ¡No - replicóle el muchacho -, no me cogerás por segunda vez! No vuelvo a soltar a quién quiso quitarme la vida, ahora que lo tengo reducido a la impotencia.
- Si me dejas en libertad - exclamó el espíritu -, te daré riquezas bastantes para toda la vida.
- No. Me engañarías como antes.
- Estás jugándote tu felicidad - insistió el espíritu -. No te causaré ningún daño, sino que te recompensaré con largueza.
Pensó el estudiante: "Voy a aventurarme; tal vez cumpla su palabra. De todos modos, no me pescará." Quitó el tapón, salió el espíritu y, dilatándose como la vez primera, pronto
quedó transformado en un gigante.
- Ahora te daré la recompensa prometida - dijo, y, alargando al muchacho un trapito parecido a un parche, prosiguió -. Frotando una herida con un extremo de este paño, quedará curada en el acto; y si con el otro extremo frotas un objeto de hierro o acero, al momento se convertirá en plata.
- Antes he de probarlo - respondió el estudiante. Acercóse a un árbol y arrancó con su hacha un poco de corteza; frotó luego el tronco con el extremo del parche, y en seguida se cubrió de corteza.
- Muy bien, no me has engañado - dijo al espíritu -, ahora podemos separarnos.
El espíritu le dio las gracias por haberlo libertado, y el estudiante se las dio, a su vez, por el regalo y regresó junto a su padre.
- ¿Dónde estuviste? - preguntóle el viejo -. Por lo visto te has olvidado del trabajo. Siempre pensé que no harías nada bueno.
- No os apuréis, padre. Recuperaré el tiempo perdido.
- ¡Ya lo veo! - refunfuñó el viejo -. No es ésa la manera de portarse.
- Fijaos, padre, cómo corto aquel árbol. Oíd cómo cruje. Frotó el hacha con su parche y pegó un fuerte golpe; pero como el hierro se había transformado en plata, el filo se le torció -. Padre, ¡qué hacha más mala me habéis dado! ¡Ved cómo se ha torcido!
Asustóse el viejo y exclamó:
- ¡Dios Santo, qué has hecho! Ahora habré de pagar el hacha y no tengo con qué. Éste es el beneficio que he sacado de tu ayuda.
- No os apuréis - respondió el hijo -; yo pagaré la herramienta.
- ¡Mentecato! - exclamó el leñador -. ¿Con qué piensas pagarla? No tienes más que lo que yo te doy. Tretas de estudiante no te faltan, pero del oficio de leñador no entiendes una palabra.
Al cabo de un rato dijo el estudiante:
- Padre, ya que no puedo seguir trabajando; mejor será que lo dejemos.
- ¡Cómo! - replicó el viejo -. Piensas que voy a estar mano sobre mano como tú? Márchate si quieres, que yo tengo todavía que hacer.
- Padre, es la primera vez que he ido al bosque y no sé el camino. Veníos conmigo.
Al viejo se le aplacó el enojo y se dejó convencer al fin. Emprendieron, pues, el regreso, y durante el camino dijo el anciano al muchacho:
- Ve a vender el hacha estropeada. Saca cuanto puedas por ella; el resto tendré que ganarlo yo para pagar al vecino.
El mozo se fue con la herramienta a la ciudad, y, entrando en la tienda de un orfebre, se la ofreció en venta. Examinóla el platero y, después de pesada, dijo:
- Vale cuatrocientos escudos; pero ahora no tengo tanto dinero aquí.
- Dadme lo que tengáis; el resto me lo pagaréis más adelante - propuso el muchacho.
Pagóle el orfebre trescientos escudos, y le quedó deudor de otros cien. El mozo regreso a su casa:
- Padre - dijo -, ya tengo dinero. Id a preguntar al vecino lo que le debéis por el hacha.
- No tengo que preguntárselo - respondió el leñador -. Vale un escudo y seis cuartos.
- Pues dadle tres escudos; es el doble y quedará contento. Mirad: me sobra dinero - y, entregando a su padre cien escudos, le dijo -: Ya nada os faltará. Podéis vivir tranquilamente.
- ¡Dios mío! - exclamó el hombre -; ¿y cómo has adquirido toda esta riqueza?
Entonces le explicó el hijo lo que le había ocurrido y cómo, fiando en la suerte, había realizado aquella rica adquisición. Con el resto del dinero se marchó a seguir sus estudios en la universidad; y como, gracias a su parche, curaba todas las heridas, pronto convirtióse en el doctor más famoso del mundo entero.




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