ESPAÑOL

La lechuga prodigiosa

DANSK

Salatæslet


Érase una vez un cazador que se fue al bosque para dirigirse a su paranza. Marchaba con el corazón alegre y lozano, y avanzaba silbando canciones cuando se le apareció una fea viejecita, que le dijo:
- Buenos días, querido cazador. Tú pareces alegre y satisfecho, y yo, en cambio, sufro hambre y sed. Dame una limosnita.
Compadecióse el cazador de la pobre abuela, metió mano en el bolsillo y le dio lo que le permitían sus medios. Al disponerse a seguir su camino, detúvolo la vieja, diciéndole:
- Atiende, cazador, a lo que voy a decirte. En vista de tu buen corazón, quiero hacerte un regalo. Sigue adelante, y dentro de un rato llegarás a un árbol, en cuya copa hay nueve pájaros, que sostienen y zarandean un manto con las garras. Apúntales con la escopeta y dispara. Soltarán el manto, y, además, caerá muerto uno de ellos. Llévate el manto, que está encantado. En cuanto te lo cuelgues de los hombros, no tienes más que pedir que te transporte al lugar que desees, y estarás en él en un abrir y cerrar de ojos. Al pájaro muerto le sacas el corazón y te lo tragas, y desde entonces, cada mañana, al levantarte, encontrarás una moneda de oro debajo de la almohada.
El cazador dio las gracias a la vieja, pensando: "Bonitas cosas me ha prometido. ¡Con tal que sean verdad!." Pero he aquí que apenas había avanzado un centenar de pasos, oyó sobre su cabeza un griterío y un piar de pájaros entre las ramas, tan fuerte, que le hizo levantar la cabeza. Y entonces vio una bandada de aves que la emprendían a picotazos y con las garras contra una tela, peleándose como si se disputasen su posesión.
- ¡Es extraño! - exclamó el cazador -. Exactamente como me dijo la viejecita -. Se descolgó la escopeta y disparó en medio del grupo, produciéndose un gran revuelo de plumas. Los animales emprendieron el vuelo con gran griterío, menos uno, que cayó muerto, y, con él, se desprendió el manto. El cazador hizo entonces lo que le indicara la vieja. Abrió el ave, sacóle el corazón y se lo tragó. Y llevóse también el manto.
A la mañana siguiente, al despertarse, acordándose de la promesa quiso comprobar su veracidad. Y he aquí que, al levantar la almohada, allí estaba, reluciente, la moneda de oro. Y, así, cada mañana encontró una al levantarse. Recogió, pues, un buen montón de dinero, y, al fin, se preguntó: "¿De qué me servirá todo este oro, si me quedo en casa? Me marcharé a correr mundo."
Despidióse de sus padres, se colgó del hombro el morral y la escopeta y se puso en camino. Un día, atravesando un espeso bosque, vio alzarse, en la llanura que seguía al bosque, un majestuoso palacio. En una de las ventanas había una vieja y una hermosísima doncella, que miraba abajo. La vieja era una hechicera y dijo a la muchacha:
- Ahí sale del bosque un individuo que lleva en el cuerpo un maravilloso tesoro. Tenemos que quitárselo, hijita. Mejor estará en nuestro poder que en el suyo. Se ha tragado el corazón de un pájaro, gracias al cual todas las mañanas encuentra una moneda de oro bajo la almohada.
Instruyóla seguidamente acerca de cómo debía proceder y, en tono de amenaza y con mirada de enojo, le dijo:
- ¡Si no me obedeces, te va a pesar!
Al acercarse el cazador y ver a la doncella, dijo para sí: "He caminado mucho; lo mejor será descansar en este magnífico palacio. Dinero no me falta." Pero el verdadero motivo de su resolución era que se sentía atraído por aquella bellísima muchacha.
Llamó a la puerta, y fue recibido amablemente y atendido con toda cortesía. Al cabo de poco estaba tan perdidamente enamorado de la muchacha que no podía pensar sino en ella, ni ver sino por sus ojos; y, así, hacía cuanto ella le exigía. Dijo entonces la vieja:
- Es el momento de apoderarse del corazón del pájaro. Él no se dará cuenta de que ya no lo tiene.
Preparó un brebaje y, una vez estuvo listo, lo vertió en una copa y lo entregó a la muchacha para que lo hiciese beber al cazador. Díjole la doncella:
- ¡Anda, querido, brinda por mí!
Levantó él la copa, y, tan pronto como hubo bebido, el corazón del ave saltó fuera de su cuerpo.
La muchacha hubo de llevárselo en secreto y tragárselo a su vez, pues la vieja así lo quiso. A partir de entonces, él ya no encontró más dinero bajo la almohada. En cambio, aparecía debajo de la de ella, y la vieja lo recogía cada mañana. Pero el mozo seguía tan enamorado y ciego, que sólo pensaba en estar al lado de la muchacha.
Dijo luego la bruja:
- Ahora ya tenemos el corazón del pájaro; pero hemos de quitarle el manto prodigioso.
Contestó la doncella:
- No está bien. Basta con que haya perdido su riqueza.
Pero la vieja dijo, muy enojada:
- Un manto así es algo milagroso que raramente se encuentra en el mundo. Lo quiero para mí, y no hay más que hablar.
Y dio sus instrucciones a la muchacha, amenazándole con que, si no le obedecía, lo pasaría mal. La doncella no tuvo más remedio que someterse a los mandatos de la bruja, y, asomándose a la ventana, púsose a contemplar el vasto panorama con semblante triste.
Preguntóle el cazador:
- ¿Por qué estás tan afligida?
- ¡Ay, tesoro mío! - respondió ella -. Allá enfrente está la montaña de los granates, llena de las más ricas piedras preciosas, pero, ¡cualquiera las alcanza! Sólo las aves voladoras pueden llegar allí, pero no los hombres.
- Si no tienes más pena que ésa - dijo el cazador -, pronto te la quitaré del corazón.
Y, cogiéndola bajo su manto, pidió ser trasladado a la montaña de los granates. En un instante se encontraron en ella. Brillaban las preciosas piedras por doquier, y era una gloria contemplarlas. Recogieron las más hermosas y refulgentes. Pero la vieja, con sus artes diabólicas, había hecho que el cazador sintiera una gran pesadez en los ojos, por lo cual dijo a la muchacha:
- Sentémonos un poco a descansar. Estoy tan rendido, que apenas si las piernas me sostienen.
Sentáronse, apoyó él la cabeza en el regazo de la doncella y muy pronto se quedó dormido. Quitóle entonces ella el manto de los hombros, se lo puso sobre los propios, y, recogiendo todas las piedras preciosas, pidió ser transportada a su casa.
Al despertarse el cazador, vio que su amada lo había engañado, abandonándolo en aquella salvaje montaña.
- ¡Ay! - exclamó -, ¡cuánta falsía hay en el mundo! - y sumido en inquietud y tristeza, empezó a considerar su difícil situación. La montaña pertenecía a unos gigantes, salvajes y monstruosos, que vivían en ella haciendo de las suyas, y no había transcurrido mucho tiempo cuando vio que se le acercaban tres hombrotes de aquéllos. Tumbóse en el suelo, fingiendo dormir profundamente.
Al llegar los gigantes, diole el primero con el pie diciendo:
- ¿Qué bicho es éste que yace aquí?
Dijo el segundo:
- Aplástalo con el pie.
Intervino el tercero, despectivo:
- ¡No vale la pena! Dejadlo que viva. Aquí no puede seguir, y si sube hasta la cumbre, se lo llevarán las nubes.
Y, dicho esto, prosiguieron su camino. Pero el cazador había oído sus palabras y, no bien se hubieron alejado, levantóse y trepó hasta la cima. Poco después de estar sentado en ella pasó flotando una nube y, cogiéndolo en su seno, después de transportarlo por los aires, lo dejó caer sobre un gran huerto rodeado de murallas, y el mozo se encontró en el suelo, sin sufrir daño, entre coles y otras hortalizas.
- Si al menos tuviese algo de comer. Estoy hambriento, y esto se pondrá cada vez peor. Pero aquí no hay ni una triste pera, ni manzana, ni fruta de ninguna clase. Todo son coles.
Al fin, pensó: "En último extremo, puedo comer lechuga. No es muy apetitosa, pero siempre me refrescará algo." Buscó una buena lechuga y empezó a comerse las hojas blancas. Apenas había engullido un par de bocados experimentó una sensación rarísima, como si cambiara de cuerpo. Creciéronle cuatro patas, una gran cabezota y dos largas orejas, y vio, con espanto, que se había transformado en asno. Pero como, a pesar de ello, el hambre arreciaba, y la jugosa ensalada se avenía con su nueva naturaleza, siguió comiendo con avidez. Llegó, finalmente, a otra variedad de lechuga, y no bien la hubo probado se produjo en él una nueva transformación y recobró su primitiva forma humana.
Tumbóse entonces en el suelo y se durmió, pues estaba cansado. Al despertarse, a la mañana siguiente, arrancó una cabeza de la lechuga perniciosa y otra de la buena, pensando: "Me ayudará a llegar junto a los míos y a castigar la deslealtad." Guardóse las hortalizas, saltó el muro del huerto y se encaminó hacia el palacio de su amada. A los dos o tres días de marcha llegó a él. Después de ennegrecerse el rostro de modo que ni su propia madre lo hubiera reconocido, entró en el edificio y pidió albergue:
- Estoy cansadísimo - dijo -. Hoy no puedo dar ni un paso más.
Preguntóle la bruja:
- ¿Quién sois y en qué os ocupáis?
- Soy mensajero del Rey - respondió él -, el cual me envió en busca de la lechuga más sabrosa que crece bajo el sol. Tuve la fortuna de encontrarla y la llevo conmigo; pero el sol es tan ardoroso que la planta está a punto de marchitarse, y no sé si podré llegar con ella hasta palacio.
Al oír la vieja lo de la preciosa ensalada, entráronle ganas de comerla y dijo:
- Buen campesino, dejadme probar esa lechuga maravillosa. - ¿Por qué no? - respondió él. Traigo dos. Os daré una - y, abriendo su morral, sacó la mala y se la entregó. La bruja no sospechó nada, y como la boca se le hiciera agua con el afán de comerse aquel nuevo manjar, fuese directamente a la cocina a prepararlo. Cuando ya lo tuvo a punto, no pudiendo esperar la hora de la comida, cogió unas hojas y se las metió en la boca. Apenas las hubo tragado perdió su figura humana y, transformada en burra, echó a correr al patio. En éstas entró la criada en la cocina, y al ver la ensalada aliñada y a punto de servir, cediendo a su antigua costumbre de probar todos los platos, comióse también unas hojas mientras la llevaba a la mesa. Inmediatamente actuó la virtud milagrosa de la verdura. La moza se transformó, a su vez, en borrica y corrió a reunirse con la vieja, tirando al suelo la fuente que contenía la lechuga.
Mientras tanto, el supuesto mensajero permanecía junto a la bella muchacha, la cual, viendo que no llegaba la ensalada y sintiendo unos deseos irresistibles de probarla, dijo:
- ¡No sé qué pasa con esta lechuga!
Y el cazador, pensando: "Seguramente ha hecho ya su efecto," le dijo:
- Voy a la cocina a informarme.
Al llegar abajo vio las dos borricas que corrían por el patio, y la ensalada, en el suelo. "Muy bien - se dijo -; esas dos ya tienen lo suyo." Recogió el resto de la lechuga, la puso en la fuente y fue a servirla a la muchacha.
- Yo mismo te traigo este delicioso manjar - le dijo -, para que no tengas que esperarte.
Comió ella entonces, y al momento, igual que las otras, perdiendo la figura humana, corrió al patio transformada en burra.
El cazador, después de lavarse el rostro para que las transformadas mujeres pudieran reconocerlo, bajó al patio y les dijo:
- Ahora recibiréis el premio que se merece vuestra perfidia -, y ató a las tres de una soga y se las llevó a un molino.
Llamó a una ventana, y el molinero se asomó para preguntarle qué deseaba.
- Llevo aquí tres bestias muy reacias - dijo él -. No puedo seguir guardándolas. Si queréis cuidar de ellas y tratarlas como yo os diga, os pagaré lo que me pidáis.
- ¿Por qué no? - respondióle el molinero -. Pero, ¿cómo debo tratarlas?
Díjole entonces el cazador que a la burra vieja - que era la bruja - le diese una vez de comer y tres palos cada día; a la mediana, la criada, tres veces de comer y una de palos, y a la menor, la doncella, tres veces de comer y ninguna de palos, pues no tuvo valor para hacer que maltratasen a la muchacha. Luego regresó al palacio, donde encontró cuanto necesitaba.
A los pocos días presentóse el molinero para comunicarle que la burra vieja, que no había recibido más que palos y sólo un pienso al día, había muerto. - Las otras dos - prosiguió el hombre - viven y reciben tres piensos diarios; mas parecen tan tristes, que no creo duren mucho tiempo.
Compadecióse el cazador y, sintiendo que se le había pasado el enojo, dijo al molinero que las devolviese. Cuando llegaron, les dio de comer lechuga de la buena, y en el acto recuperaron su forma humana. La hermosa muchacha se hincó de rodillas ante él y le dijo:
- ¡Ay, amadísimo mío, perdóname el mal que te hice, obligada por mi madre! Fue contra mi voluntad, pues te quiero de todo corazón. Tu manto prodigioso está colgado en un armario, y, en cuanto al corazón de pájaro, voy a tomarme enseguida un vomitivo.
Pero él le contestó:
- Guárdalo, pues lo mismo da que lo posea uno que otro, ya que pienso tomarte por esposa.
Y celebróse la boda, y vivieron felices hasta la hora de su muerte.
Der var engang en ung jæger, som gik ud i skoven for at skyde noget vildt. Han var glad og fornøjet, og sang og peb i et blad, men pludselig fik han øje på en hæslig, gammel kone. "Goddag, kære jæger," sagde hun, "du kan sagtens være glad. Jeg stakkel går her og er så sulten og tørstig, giv mig en skilling. "Jægeren fik ondt af hende, stak hånden i lommen og gav hende nogle penge. Derpå ville han gå videre, men den gamle kone holdt ham tilbage og sagde: "Jeg vil give dig noget, fordi du har sådan et godt hjerte. Gå lige frem ad vejen, så kommer du om lidt til et træ, hvor der sidder ni fugle og slås om en kappe. Så skal du lægge bøssen til kinden og skyde midt ind iblandt dem. Du rammer da en af fuglene og den og kappen falder ned på jorden. Kappen skal du tage med dig, for det er en ønskekappe. Når du tager den på, er du i samme øjeblik det sted, du ønsker at være. Du skal huske at skære hjertet ud af fuglen og spise det, så ligger der hver morgen et guldstykke under din hovedpude."

Jægeren takkede den kloge kone og tænkte ved sig selv: "Det er gode løfter, hun har givet. Bare de nu slår til." Da han havde gået omtrent hundrede skridt, hørte han en skrigen og en hvinen, og da han så op, fik han øje på en flok fugle, der med næb og klør rev og sled i en kappe. "Det er dog underligt," sagde jægeren, "det går aldeles som den gamle har sagt." Derpå tog han sin bøsse og skød midt ind iblandt fuglene, så løse fjer røg rundt i luften. Med høje skrig flygtede de, men en af dem var ramt og faldt til jorden tilligemed kappen. Jægeren gjorde da, som den gamle havde sagt, skar fuglen op, slugte hjertet og tog kappen med hjem.

Da han vågnede næste morgen, tænkte han på, hvad konen havde lovet ham, og ville se, om det var gået i opfyldelse. Han løftede hovedpuden op og så da, at der virkelig lå et skinnende guldstykke, og sådan blev det ved hver morgen. Han fik samlet sig en ordentlig bunke guld sammen, men så tænkte han: "Jeg har jo ikke den mindste glæde af alle mine penge, når jeg bliver herhjemme. Jeg vil drage ud og se mig om i verden."

Derpå tog han afsked med sine forældre, tog ranslen på nakken og geværet på armen og drog af sted. En gang kom han gennem en meget stor skov, og da han kom ud af den, så han, at der lå et prægtigt slot på en slette. I et vindue stod der en gammel kone og en dejlig jomfru og så ud. Den gamle var imidlertid en heks og sagde: "Kan du se ham, der kommer ud af skoven? Han har en mærkelig skat, som vi må se at få fra ham, mit hjertebarn. Det er rimeligere at vi har den end han. Han har et fuglehjerte inden i sig, og derfor ligger der hver morgen et guldstykke under hans hovedpude." Hun fortalte derpå pigen, hvordan de skulle bære sig ad for at få fat i det, og til sidst truede hun ad hende og sagde med onde øjne: "Hvis du ikke adlyder mig, er det ude med dig." Da jægeren kom nærmere, fik han øje på pigen og tænkte: "Nu har jeg draget så længe omkring, nu vil jeg engang hvile mig og tage ind i det smukke slot. Penge har jeg jo mere end nok af." Men det, der havde bragt ham på den tanke, var nok den smukke pige.

Han gik så ind i slottet og blev venligt og gæstfrit modtaget. Det varede ikke længe, før han var så forelsket i pigen, at han kun tænkte på hende, så hende i øjnene og gjorde alt, hvad hun ønskede. "Nu må vi have fuglehjertet," sagde den gamle, "han vil ikke mærke, at det er væk." Hun lavede en drik, hældte den i et bæger, og pigen bragte jægeren det. "Drik, min elskede," sagde hun. Han tog nu bægeret, og da han havde tømt det, kastede han fuglehjertet op. Pigen måtte efter den gamles befaling i al hemmelighed tage det med sig og spise det. Fra nu af fandt jægeren ikke mere guld. Den gamle tog hver morgen det guldstykke, der lå under pigens hovedpude, men han var så forelsket, at han ikke havde tanke for andet end pigen.

"Nu har vi tryllehjertet," sagde den gamle, "nu må vi også se at få fat i kappen." - "Lad ham dog beholde den," sagde pigen, "han har jo dog mistet hele sin rigdom." Men så blev den gamle vred. "Jeg vil have den kappe," sagde hun, "det er kun meget sjældent, man får fat i sådan en mærkværdighed." Hun fortalte pigen, hvordan hun skulle bære sig ad, og truede hende med de hårdeste straffe, hvis hun ikke adlød. Pigen gjorde så, som den gamle havde sagt, stillede sig hen ved vinduet og så med en sørgmodig mine ud over egnen. "Hvorfor er du dog så bedrøvet?" spurgte jægeren. "Åh, min ven," svarede hun, "kan du se granatbjerget, som ligger ligeoverfor. Der vokser de dejligste ædelsten, og jeg ville så gerne have nogle af dem. Jeg bliver helt bedrøvet, når jeg tænker derpå. Men hvordan skal jeg få fat i dem? Kun fuglene kan nå derop på deres vinger, intet menneske." - "Er det det hele," sagde jægeren, "den sorg skal jeg nok slukke." Derpå slog han kappen om dem begge, ønskede sig over på granatbjerget, og i samme øjeblik var de der. De pragtfulde stene strålede og funklede, så det var en fryd at se på, og de tog de smukkeste, de kunne finde. Heksen havde imidlertid ved trolddomskunster indrettet det sådan, at jægeren blev meget træt og søvnig. "Lad os hvile os lidt," sagde han til pigen, "jeg er så træt, at jeg ikke kan stå på benene." Han lagde nu hovedet i hendes skød og faldt i søvn. Da han sov fast, samlede hun de kostbare ædelstene sammen, tog kappen af ham, svøbte sig ind i den og ønskede sig hjem igen.

Da jægeren vågnede, så han, at hans elskede havde bedraget ham, og ladet ham blive alene tilbage på det øde bjerg. "Hvor der er megen falskhed i verden," sagde han bedrøvet, og vidste ikke, hvad han skulle gøre. Bjerget tilhørte imidlertid nogle vilde, mægtige kæmper, som huserede der, og det varede ikke længe, før han så tre af dem komme gående. Han lagde sig da ned og lod, som han sov. Kæmperne kom nu hen til ham, og den ene sparkede til ham og sagde: "Hvad er det for en ussel menneskeorm, som ligger der, med hovedet nede i maven?" - "Slå ham ihjel," sagde den anden, men den tredie sagde foragteligt: "Det er såmænd ikke umagen værd. Lad ham bare beholde livet, her kan han alligevel ikke blive, og hvis han kravler op på toppen, bærer skyerne ham af sted." Imidlertid gik de videre, men jægeren havde hørt, hvad de sagde, og så snart de var borte, kravlede han op på toppen. Da han havde siddet lidt deroppe, kom der en sky svævende, tog ham og bar ham hen over himlen. Efter nogen tids forløb sænkede den sig over en stor urtehave, omgivet af høje mure, og han faldt ganske lempeligt ned mellem kål og grøntsager.

"Bare jeg nu havde noget at spise," sagde han og så sig om, "jeg er så sulten, og det bliver nok ikke så nemt at komme videre. Men her er hverken æbler eller pærer eller anden frugt, ikke andet end urter. Jeg kan måske til nød spise lidt af den salat. Den smager jo ikke af ret meget, men den forfrisker dog." Han søgte sig et rigtigt pænt hovede ud og begyndte at gnave af det, men da han havde sunket et par bidder, blev han så løjerlig til mode. Han blev helt forvandlet. Fire ben, et tykt hovede og to lange ører voksede frem, og han så til sin rædsel, at han var blevet et æsel. Men da han stadig var sulten, og salat jo nu netop var noget for ham, åd han videre med stor grådighed. Han tog også fat på en anden slags, men da han havde spist lidt af den, blev han igen forvandlet til et menneske.

Så lagde han sig ned og sov sin træthed bort. Da han vågnede næste morgen, tog han et hovede af hver slags salat, og tænkte: "Det skal nok hjælpe mig til at få mine ejendele igen og straffe bedragerne." Han klatrede så over muren og drog af sted for at finde sin kærestes slot. Heldigvis fandt han det et par dage efter. Han smurte nu sit ansigt ind, så hans egen mor ikke kunne have kendt ham igen, gik ind i slottet og bad, om han måtte blive der. "Jeg er så træt, at jeg ikke kan gå et skridt længere," sagde han. "Hvad tager du dig ellers for?" spurgte heksen. "Jeg er et sendebud fra kongen," svarede han, "jeg har været ude for at lede efter den dejligste salat i verden. Heldigvis har jeg fundet den. Jeg har den her hos mig, men jeg er bange for, at de fine blade skal visne. Jeg ved såmænd ikke, om jeg kan komme længere med den."

Da den gamle hørte om den dejlige salat, blev hun lækkersulten. "Lad mig smage lidt af den," sagde hun indsmigrende. "Ja, værsgod," svarede jægeren, "jeg har taget to hoveder med, der har du det ene." Derpå rakte han hende det, han havde taget af den første slags. Heksen anede ikke uråd, og hendes tænder løb sådan i vand, at hun selv gik ud i køkkenet for at lave det til. Da hun var færdig, kunne hun ikke vente, til de havde sat sig til bords, men puttede straks et par bidder i munden. I samme øjeblik blev hun forvandlet til et æsel og løb ud i gården. Kokkepigen kom nu for at sætte salaten på bordet, men efter gammel vane fik hun lyst til at smage på den, og tog et par bidder. Øjeblikkelig virkede tryllekraften, og hun blev også forvandlet til et æsel og løb ud i gården til den gamle. Skålen med salaten faldt på gulvet. Jægeren sad imidlertid inde hos den smukke pige. Hun havde også nok lyst til at smage salaten, og da der ingen kom med den, sagde hun: "Jeg kan ikke begribe, hvor den salat bliver af." - "Den har nok allerede gjort sin virkning," tænkte jægeren, og sagde: "Nu skal jeg gå ud i køkkenet og se, hvordan det går." Da han kom derud, så han de to æsler løbe rundt i gården, og salaten lå på gulvet. "Nu har de nok fået deres part," sagde han, samlede resten op, lagde det på et fad og bragte det ind til pigen. "Her bringer jeg jer selv den vidunderlige salat, for at I ikke skal vente på den," sagde han. Hun spiste nu også deraf, blev forvandlet til et æsel og løb ud i gården.

Da jægeren havde vasket sit ansigt, så at han var til at kende igen, gik han ud i gården og sagde: "Nu skal I få straffen for eders falskhed." Derpå bandt han dem alle tre i et tov og trak dem hen til en mølle. Han bankede på ruden, og mølleren stak hovedet ud og spurgte, hvad han ville. "Jeg har tre slemme dyr, som jeg ikke vil have længere," svarede han, "vil dog alligevel, at det var synd at slå hende. Derpå gik han tilbage til slottet, og der var alt, hvad han behøvede.

Efter nogle dages forløb kom mølleren og meldte, at det gamle æsel, som havde fået tre gange prygl og en gang mad, var død. "De to andre lever ganske vist endnu," sagde han, "de får tre gange mad, men de hænger sådan med hovedet, at de holder det vist ikke gående ret længe." Da blev jægeren formildet, fik ondt af dem og sagde til mølleren, at han skulle bringe dem op på. slottet. Derpå gav han dem noget af den anden salat, så de blev til mennesker igen. Den smukke pige kastede sig på knæ for ham. "Tilgiv mig det onde, jeg har gjort dig, min elskede," sagde hun, "min mor tvang mig dertil. Jeg gjorde det mod min vilje, for jeg holder af dig. Din ønskekappe hænger i skabet, og jeg vil tage et brækmiddel, så du får fuglehjertet tilbage." Da kom jægeren på andre tanker. "Behold det kun," sagde han, "det er dog lige meget, hvem der har det, for nu skal du være min hustru." Brylluppet blev så fej ret, og de levede lykkeligt sammen til deres død.




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