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壮士汉斯

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El fornido Juan


从前有一对夫妇,他们只有一个独生儿子,这家子单独住在一个偏僻的山谷里。 一次女人带着年仅两岁的汉斯,到林间去拾冷杉枝。 因为此时正是春暖花开的时候,他们看见五颜六色的花正高兴,突然丛林中跳出了两个强盗,掳走了母亲和孩子,带着他们朝着森林的黑暗深处走去,那儿多年没人进去了。 那可怜的女人苦苦哀求强盗放走她们母子俩,可强盗们是铁石心肠,根本不听她的哀求,只管用力地赶着他们往前走。 大约两小时后,他们来到了一座有门的岩壁前,强盗们敲了敲门,门就开了。 他们走过一条长长的暗道,最后来到一个大洞里,那洞被炉火照得如同白昼。 只见四周的墙壁上挂着刀剑和别的凶器,在炉光的照射下闪着寒光。 中间摆着黑桌子,桌旁另有四个强盗坐在那儿赌博,上首那人就是他们的头儿。 他看见女人走来,便走过来和她搭话,叫她别害怕,说只管放心,他们不会伤害她,但她必须管理家务,如果她把一切都弄得有条有理,他们是不会亏待她的。 随后他给她吃一些东西,又指给她看她和孩子的床。
女人在强盗窝里一过就是许多年,汉斯现在已渐渐长大强壮了。 母亲给他讲故事,叫他念一本在洞里找到的破旧骑士书。 汉斯九岁时,他用松木枝做了根结实的棍子,把它藏在床后,然后去问母亲:"娘,现在请你告诉我,谁是我的爹,我很想知道。!"母亲默不作声,不肯向他说什么,免得他患相思病,她知道那些无法无天的强盗是决不会放走汉斯的,但想到汉斯不能回到他爹身边去,她的心都快碎了。 晚上,强盗们抢劫回来时,汉斯就拿出他的棍子,走到强盗头儿跟前说:"现在我要知道谁是我的爹,如果不立刻告诉我,我就要把你打死。"强盗头儿一听哈哈大笑,给了汉斯一个耳光,打得他滚到了桌子底下。 汉斯爬了起来,没有说话,心想:"我要再等一年,到时我要再试试,或许会好些。"一年又过去了,他又拿出了那根棍子,抹掉上面的灰尘,仔细瞧了瞧,说:"这是根挺结实有力的棍子。"晚上,强盗们回来了,一坛接一坛地喝酒,然后一个个都醉得低下了头。 这时汉斯拿出了棍子,走到强盗头子的跟前,问他爹是谁。 强盗头儿只给他一个耳光,又打得他滚下了桌子。 但没过久,他又爬了起来,抡起棍子就给头儿和其他的强盗一顿痛打,打得他们手脚不能动弹。 母亲站在角落里,看到他是这样的勇猛强壮,满脸惊讶。 汉斯打完强盗,就走到母亲跟前,说:"现在我该办正事了,但我现在想知道,谁是我的爹。""亲爱的汉斯,来,我们这就去找,一定要把他找到。"她取下了头儿开门的钥匙,汉斯又去找了一个大面粉袋,装了满满一袋金银财宝,扛在肩上,他们便离开了山洞。 汉斯从黑暗的洞中走到太阳里,展现在他眼前的是那绿色的森林、无数的鲜花和小鸟,还有天上的朝阳,他站在那儿,眼睛睁得大大的,仿佛眼前的一切是在梦中。
母亲带着他寻找回家的路,几小时后,他们终于平平安安地来到了一片寂寞的山谷中,他们的小屋就在眼前。 父亲正坐在门前,当他认出了自己的妻子,并听说汉斯就是自己的儿子时,欢喜得哭了起来,他以为他们母子早死了。 汉斯虽说只有十二岁,却比父亲高一个头。 他们一齐回到屋里,汉斯刚把口袋放在炉边的长凳上,屋子就吱嘎摇晃起来了,凳也断裂了。 父亲叫道:"天啊!这是怎么回事,现在你把我的屋子给打破了。""别担心,爹,"汉斯说,"这袋子里装的东西,比造一座新屋子需要的钱还多呢!"父子俩立刻动手建新房,还买来了牲口和土地,开始经营农庄。 汉斯犁地,他走在犁头后面,把犁深深地按在了土里,前面的牛儿几乎都不必拉了。
第二年春天,汉斯对父亲说:"爹,这些钱你留着。请给我做根百斤重的旅行杖,我要出远门了。"手杖做好后,汉斯便离开了家 ,他走呀走,来到了一座深深的黑森林。 他在那里听到有什么东西在喀嚓作响,便向周围看,看见一棵松树,从下到上像一根绳子一样拧在一起。 他再抬头往上瞧,看见一个大汉正抓住树干,把它扭来扭去,好像那根本不是棵大树,而是根柳条。 "喂!你在上面干什么?"那汉子说:"我昨天打了捆柴,想搓根绳子去捆柴。"汉斯心想:"他力气倒挺大的。"于是他对汉子喊道:"别干这个了,跟我走吧。"那汉子从树上爬了下来,个儿比汉斯还高出整整一个头。 "你就叫'扭树者'好了。"汉斯对他说。 他们继续往前走,听见什么东西在敲打,每打一下,大地都要抖几抖。 不久,他们来到一坐岩壁前,只见一个巨人站在那里,正用拳头把崖石大块大块地打下来。 汉斯问他做什么,巨人回答说:"我晚上睡觉时,熊、狼和其它的猛兽老在我身边嗅来嗅去,叫我不能入睡,所以我想建造间房子,晚上睡在里面,这样才能安宁些。"汉斯心想:"唉,是的,这人你也用得着。"于是他说:"别造啦,和我们一道走吧。你就叫'劈石人'好了。"巨人答应了,便和他们一起走过森林,凡是他们走到的地方,野兽全被吓住,然后从他们身边跑开了。 晚上,他们来到一座古老的无人居住的宫殿前,走进去睡在了大厅里。 第二天早上,汉斯走进宫前的花园里,发现那儿全荒芜了,长满了荆棘丛。 他正走来走去时,一头野猪猛地朝他冲来,他用手杖只打了它一下,它就马上倒下了。 于是他把野猪扛在肩上,带了上去,大伙儿把野猪叉在铁杆上烤着吃,吃得高兴极了。 他们每天轮留去打猎,留一人看家做饭,每人每天可以吃九磅肉。 第一天扭树者留在家中,汉斯和劈石人去打猎,当扭树者忙着做饭时,一个满脸皱纹的小老头走进宫殿,向他要肉吃。 "可恶的家伙,走开,你还想吃什么肉!"他回答说。 但使他惊讶的是,那很不起眼的小人儿,跳到了扭树者的身上,用拳头乱打他,他竟不能抵抗,最后倒在上直喘气。 小老头直到完全解了恨,方才离去。 另外两个人打猎回来,扭树者只字不提那个老头和挨打的事。 他心想:"等他俩呆在家里的时候,也尝尝那个好斗的小老头的厉害吧。"仅仅是这想法已经够他乐一阵子的了。
第二天劈石人留在家里,他的遭遇跟扭树者一模一样,因为他不肯拿肉给他吃,结果也被小老头好好地揍了一顿。 当他们回来时,扭树者当然知道他出了事,但他俩都不做声,心想:"让汉斯也尝尝这滋味吧。"
第三天,轮到汉斯留在家中做饭,他正在厨房里认真干活,站在上面打锅里的泡沫,小人儿来了,毫不客气地要肉吃。 汉斯想:"这是个可怜的小老头,我愿意从我的那份中分些给他,这样也不叫别人吃亏。"于是他递给了他一块肉。 那矮子吃完后,又要了一块,好心的汉斯又给了他,并告诉他这块肉很好,他该满意了。 没想到小矮子又第三次开口要,"你脸皮真厚。"汉斯说,就不再给他肉了。 那恶矮子就要跳到汉斯的身上,像对待扭树者和劈石人一样待他,但是他找错人了。 汉斯毫不费力地给了他几个耳光,打得他滚下了台级,汉斯去追他,因为人高腿长的缘故,反而让他给拌倒了,当他爬起来时,矮子在他的前面直乐。 汉斯一直追到森林里,看到他溜进了一个洞里。 汉斯只好回家了,不过记住了那个地方。 那两人回来时,看见汉斯安然无恙,都很惊讶,汉斯把发生的一切告诉了他们,于是他们不再隐瞒他们的遭遇。 汉斯笑道:"都怪你们,谁叫你们要如此吝啬你们的肉,你们这么大的个儿,却被小人儿打了一顿,可真是丢人。"于是他们三人带上箩筐和绳子,朝小矮子溜进去的地洞走去。 他们让汉斯坐在箩筐里,随身带着棍子,然后把他放进洞口。 汉斯下到底后,寻着了一道门,他打开了门,发现那里坐着位美丽如画的少女,简直美得无法形容。 少女旁边坐着那个小矮子,正冷冷地瞪着汉斯,那样子就像一只野猫。 少女被锁链拴着,可怜巴巴地望着汉斯,这引起了汉斯的巨大同情心。 汉斯想:"我得把她从这恶矮子手上救出来。"于是他用棍子打了他一下,他就倒在地上死了。 少女身上的锁链也立刻松脱了,她告诉汉斯,她本是位公主,被一个野蛮的公爵掠了来,关在这里。 因为她不答应嫁给他,公爵让矮子作看守人看着她,她可受够了他的折磨。 随后汉斯把少女放进箩筐,让那两个把他拉了上去。 箩筐又放了下来,但汉斯已不相信那两位同伴了,心想:"他们已经表现得不老实了,没有把小矮子的事情告诉我,谁知他们安什么心?"于是他只把自己的棍子放进去。 幸亏如此,因为箩筐才吊到了半空中,他们又把它松下来了,如果汉斯真的坐在了里面,就会摔个必死无疑了。 汉斯被困在洞中,不知怎样才能从那里爬出去,他想来想去,还是想不出个好办法。 他于是就走来走去,不知不觉间来到了少女曾经呆过的小屋,发现那小矮人的指头上套着枚戒指,闪闪发光,于是他便褪了下来,戴在自己的手上,他然后把戒指转动了一下,突然听到有什么东西在头顶作响,他抬头一看,原来空中有几位神仙在翱翔,他们说,他是他们的主子,问他要干什么? 汉斯起先还不作声,但很快便吩咐他们把自己抬上去。 他们照办了,他觉得自己仿佛飞了起来。 但等他到了上面时,已不见他们的影儿了。 他又走到宫殿里,也找不着个人,扭树者和劈石人都跑了,还带走了那位美丽的公主。 汉斯于是又转动戒指,神仙又来了,说那两个人在海上。 汉斯便不停地跑,一直追到了海边。 他在那里朝远望去,发现离岸边很远的海面上有条小船,他的不忠实的伙伴正坐在里面。 汉斯气极了,不加思索地带着他的棍子,跳下水中,向前方游去。 哪知棍子实在太重,拖着他直往下沉,几乎把他淹死了。 于是他赶紧转动戒指,眨眼间神仙又来了,带着他像闪电般地靠近了小船。 汉斯挥动棍子,把他们俩都打落在水里,给了那两个家伙应有的惩罚。 美丽的公主刚才给吓怕了,汉斯再一次救了她,摇着橹把她送回了她父母家,后来和她结了婚,一切皆大欢喜。
Éranse un hombre y una mujer que tenían un hijo y vivían completamente solos en un valle muy apartado. Ocurrió que un día la madre se fue por leña y a recoger ramillas de pino, y se llevó consigo al pequeño Juan, que no tendría entonces más de dos años. Como estaban en primavera y el niño se entretenía mucho buscando florecillas, la madre se adentró cada vez más en el bosque. De pronto salieron dos bandidos de la maleza, apresaron a la madre y al hijo y se los llevaron a lo más tenebroso y profundo de la selva, a un lugar donde raramente se aventuraba nadie. La pobre mujer rogó y suplicó a los bandoleros que la dejasen en libertad con su hijito; pero aquellos hombres tenían el corazón de roca y, desoyendo las súplicas y lamentaciones de la pobre campesina, se la llevaron por la fuerza. Después de dos horas de penosa marcha entre matas y espinos llegaron a una roca, en la que había una puerta, la cual se abrió al llamar los bandidos. Después de seguir un largo y tenebroso corredor, entraron, finalmente, en una espaciosa cueva, iluminada por un fuego que ardía en el hogar. De sus paredes colgaban espadas, sables y otras armas, que brillaban a la luz de la hoguera. En el centro, alrededor de una mesa negra, otros bandoleros estaban jugando; en el lugar más elevado de la cueva se hallaba el capitán. Éste, al ver a la mujer, se dirigió a ella y le dijo que no se preocupase ni temiese nada; no se le causaría ningún daño, y únicamente tendría que cuidar del gobierno doméstico; y si mantenía las cosas en orden, no lo pasaría mal. Diéronle luego de comer y le indicaron una cama, en la que se acostó con su hijo.
La mujer vivió muchos años con los ladrones. Juan creció y se hizo fuerte y robusto. Su madre le contaba historias, y le enseñó a leer sirviéndose de un libro de caballerías que encontró en la cueva. Cuando Juan cumplió los nueve años, armóse de un recio garrote, que hizo con una rama de abeto, y lo escondió detrás de su cama. Luego fue a su madre y le dijo:
- Madre, dime de una vez quién es mi padre, pues quiero y debo saberlo.
Pero la mujer guardó silencio; no quería decírselo, para que el pequeño no lo echara de menos, pues sabía muy bien que los bandidos no lo dejarían marcharse. Pero se le partía el corazón al pensar que Juan no podía volver al lado de su padre. Cuando los ladrones llegaron aquella noche de sus rapiñas, Juan sacó su garrote y, encarándose con el capitán, le dijo:
- Ahora quiero saber quién es mi padre, y si no me lo dices enseguida, te derribo de un garrotazo.
Echóse a reir el capitán y largó a Juan tal bofetón que lo tiró debajo de la mesa. Levantóse el niño sin chistar y pensó:
"Esperaré otro año, y entonces volveré a probar; tal vez me salga mejor."
Transcurrido el año, volvió el chiquillo a sacar su garrote, le quitó el polvo y, contemplándolo, se dijo: "Es un buen garrote y muy recio."
Al anochecer regresaron los bandidos y se pusieron a beber, vaciando jarro tras jarro, hasta que empezaron a dar cabezadas. Sacó entonces Juanito su estaca y, volviendo a encararse con el capitán, le preguntó quién era su padre. El hombre le respondió con otra bofetada tan fuerte, que el chiquillo fue a parar nuevamente bajo la mesa. Pero se levantó enseguida y se puso a arrear estacazos sobre el capitán y los bandoleros, dejándolos a todos incapaces de mover brazos y piernas. La madre, desde un rincón, contemplaba, admirada, la valentía y el vigor de su hijo, el cual, cuando hubo terminado su tarea, se fue a ella y le dijo:
- Esta vez ha sido en serio; pero ahora debo saber quién es mi padre.
- Mi querido Juan - respondió la madre -, ven, marchémonos a buscarlo, hasta que lo encontremos.
Quitó al capitán la llave de la puerta, y el niño cogió un saco harinero y lo llenó de oro, plata y otros objetos de valor; luego se lo cargó a la espalda y los dos abandonaron la caverna. ¡Qué ojos abrió el niño al pasar de las tinieblas a la luz del día y contemplar el verde bosque con sus flores y pájaros, y el sol matutino en el cielo! Se quedó inmóvil de asombro, como si no estuviese en sus cabales. La madre buscó el camino de su casa, y al cabo de un par de horas de andar, llegaron, felizmente, a su solitario valle y a su casita. El padre, que estaba sentado a la puerta, lloró de alegría al reconocer a su esposa y saber que Juan era su hijo, pues los había dado por muertos a ambos desde hacía muchos años. El niño, a pesar de que no tenía más que doce, le llevaba a su padre toda la cabeza.
Entraron los tres juntos en la casita, y al dejar Juan el saco en el suelo, todo el edificio empezó a crujir; el banco se partió y se hundió en el suelo, y el pesado saco cayó a la bodega.
- ¡Dios nos ampare! - exclamó el padre -. ¿Qué es esto? Has derruido nuestra casa.
- No te preocupes por eso, padre - respondióle Juan -. Este saco contiene más dinero del que se necesita para construir una casa nueva.
Padre e hijo se pusieron enseguida a levantar una nueva Vivienda, y luego compraron ganado y tierras y las explotaron. Juan araba los campos, y cuando guiaba el arado e introducía la reja en el suelo, los bueyes casi no habían de tirar ni hacer fuerza alguna. Al llegar la primavera, dijo el muchacho:
- Padre, guardaos todo el dinero y procuradme un bastón que pese un quintal, pues quiero salir a correr mundo.
Cuando tuvo el bastón, abandonó la casa de su padre y se puso en camino. Al llegar a un espeso y tenebroso bosque, oyó de pronto unos crujidos y chasquidos; paseó la mirada en torno suyo y vio un abeto que, desde el pie a la copa, aparecía retorcido como una cuerda; y, al levantar los ojos, vio un tipo altísimo que, abrazado al árbol, lo estaba torciendo como si fuese un mimbre.
- ¡Eh! - gritó Juan -. ¿Qué estás haciendo ahí arriba?
- Ayer recogí un haz de leña - contestó el otro -, y hago una cuerda para atarlo.
"Me gusta ese individuo - pensó Juanito -; es forzudo," y le dijo:
- Deja eso y vente conmigo.
Cuando hubo bajado aquel hombre, resultó que le llevaba a Juan toda la cabeza, y eso que nuestro amigo no tenía nada de bajo.
- Desde ahora te llamarás Tuercepinos - le dijo el muchacho.
Prosiguieron ambos, y al cabo de un trecho oyeron como unos golpes y martillazos, tan fuertes, que a cada uno retemblaba el suelo. No tardaron en llegar ante una poderosa roca, que un gigante desmoronaba a puñetazos, arrancando grandes pedazos a cada golpe. Al preguntarle Juan qué se proponía, respondió él:
- Cuando me echo a dormir por la noche, vienen osos, lobos y otras alimañas, que merodean a mi alrededor y no me dejan descansar; por eso quiero construirme una casa en la que pueda refugiarme y estar tranquilo.
"Éste también puede servirme," pensó Juan, y le dijo:
- Deja la casa y vente conmigo; te llamarás Desmoronarrocas.
Aceptó el gigante, y los tres continuaron bosque a través, y por dondequiera que pasaban, los animales salvajes huían asustados. Al anochecer llegaron a un viejo castillo abandonado; entraron en él y durmieron en un salón. Por la mañana salió Juan al jardín, el cual aparecía también abandonado, invadido de espinos y matorrales. De repente le acometió un jabalí, pero él lo derribó de un estacazo, se lo cargó a la espalda y lo llevó al palacio. Allí lo espetaron en un asador y prepararon una sabrosa comida, que puso a los tres de muy buen humor. Concertaron entonces que cada día, por turno, dos saldrían de caza, y el tercero se quedaría en casa a guisar, a razón de nueve libras de carne por cabeza. El primer día le tocó quedarse a Tuercepinos, mientras Juan y Desmoronarrocas salían a cazar.
Hallándose Tuercepinos ocupado en la preparación de la comida, presentóse un enanillo viejo y arrugado y le pidió carne.
- ¡Fuera de aquí, bribón! - respondió el cocinero -; tú no necesitas carne.
Pero cual no sería la sorpresa de Tuercepinos al ver que aquel enano minúsculo e insignificante se le echó encima y la emprendió a puñetazos con tanta fuerza que lo tumbó en el suelo sin darle tiempo a defenderse. El enanillo no lo soltó hasta haber descargado todo su enojo sobre las costillas de su víctima. Cuando regresaron sus dos compañeros, Tuercepinos no les dijo nada del hombrecillo ni de la paliza que le propiné pensando: "El día que les toque quedarse en casa, ya verán lo que es bueno," y sólo de imaginarlo sentía un gran regocijo. Al día siguiente le tocó quedarse en casa a Desmoronarrocas, y le sucedió lo mismo que a Tuercepinos: el hombrecillo lo dejó mal parado por haberse negado a darle carne. Al llegar los otros dos al atardecer, Tuercepinos se dio cuenta de que el otro había llevado lo suyo; pero ambos se lo callaron, pensando:
"Que pruebe también Juan de esta sopa." El muchacho, que al día siguiente se quedó de guardia, estaba trabajando en la cocina, como le correspondía, y cuando se preparaba a espumar el caldero se presentó el enano y pidió un pedazo de carne. Pensó Juan: "Es un infelizote; le daré algo de mi ración para no tener que reducir la de los otros," y le alargó un trozo. Cuando el enano se la hubo comido pidió más, y el bonachón de Juan le sirvió otro pedazo, diciéndole que iba bien servido y debía darse por satisfecho. Pero el hombrecillo le pidió por tercera vez.
- Eres un sinvergüenza - respondióle Juan, negándose a darle más. Entonces el iracundo enano quiso tratarlo como a sus dos compañeros; pero salió trasquilado. Sin el menor esfuerzo, Juan le propinó unas tortas que le hicieron saltar de dos en dos los peldaños de la escalera. Juan quiso perseguirlo, pero cayó tan largo como era y, al levantarse, vio que el enano se hallaba ya muy lejos. El muchacho lo persiguió por el bosque y pudo ver que se metía en un hueco de una roca; tomó nota del lugar y regresó a casa. Cuando los otros dos llegaron al anochecer, extrañáronse al ver a Juan tan campante. Contóles lo que le había sucedido, y entonces los otros, a su vez, le dieron cuenta de su percance. Echóse Juan a reir y dijo:
- Os estuvo bien empleado, por haberos mostrado tan avariciosos con la carne; pero es una vergüenza que dos grandullones como vosotros os hayáis dejado zurrar por un enano.
Provistos de una cesta y una cuerda, se dirigieron los tres a la cueva donde se había metido el pigmeo, y Juan, con su bastón, bajó al fondo en el cesto. Al llegar abajo encontró una puerta; al abrirla se le apareció una hermosísima doncella, de una belleza que no cabe pintar con palabras; junto a ella estaba sentado el enano, mirando a Juan con cara avinagrada. Pero la doncella estaba atada con cadenas, y en su rostro se reflejaba tanta tristeza, que Juan sintió una gran compasión y pensó: "Hay que librarla de las garras de este bicho," y asestó al enano un garrotazo tan recio, que lo mató en el acto. Enseguida desató a la doncella, cuya hermosura tenía arrobado a Juan.
Contóle la muchacha que era una princesa, hija de un rey, y que un malvado conde la había raptado de su patria y encerrado en aquella cueva, en venganza por no haber querido ella acceder a sus peticiones. El conde la había puesto bajo la vigilancia de aquel enano, el cual la había sometido a toda suerte de vejaciones y tormentos. Luego la instaló Juan en el cesto y llamó a los de arriba para que la subiesen. Volvió a bajar el cesto; pero el muchacho desconfiaba de sus dos compañeros, pensando: "Ya una vez se han mostrado falsos conmigo al callarse lo del enano. ¿Quién sabe lo que se traen entre ceja y ceja?." Con el fin de probarlos, colocó su bastón en el cesto, y suerte que lo hizo así, pues a mitad de camino soltaron los otros la carga; y de haber estado Juan en el cesto, sin duda se habría matado al caer. Pero entonces se le presentó el problema de salir de allí y, por muchas vueltas que le dio, no encontró solución. "Es bien triste - decía - tener que morir aquí de hambre y sed. Andando de un lado a otro, volvió a entrar en la cámara que había servido de prisión a la doncella y se fijó en que el enano llevaba en el dedo un anillo brillantísimo. Se lo quitó y se lo puso; al darle la vuelta en el dedo, de repente oyó un rumor sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vio flotar unos espíritus aéreos que le saludaron como a su amo y le preguntaron qué les mandaba. De momento, Juan se quedó mudo de asombro; pero luego les ordenó que lo transportasen a la superficie. Obedeciéronle al instante, y él experimentó la sensación de estar volando.
Pero una vez arriba no vio a nadie, y al volver al castillo también lo encontró desierto. Tuercepinos y Desmoronarrocas habían huido, llevándose a la hermosa doncella. Dio la vuelta al anillo y presentáronse los etéreos espíritus, comunicándole que sus compañeros se hallaban en el mar. Corrió Juan a la orilla y descubrió a lo lejos un barquito, ocupado por sus desleales amigos. En un arranque de cólera, se arrojó al agua con su bastón y se puso a nadar; mas la pesadísima madera lo hundía, y por poco se ahoga. Tomó a dar vuelta al anillo, y al instante acudieron los espíritus y lo transportaron al barco con la rapidez del rayo. Blandiendo allí su garrote, dio su merecido a los dos malvados y los arrojó al mar. Luego, empuñando los remos, volvió a la costa con la hermosa princesa, que acababa de pasar otro gran peligro, y a quien había liberado por segunda vez. La condujo hasta donde se hallaban sus padres y luego se casó con ella, entre el general regocijo.




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