ESPAÑOL

El Grifo

DANSK

Den fugl Grif


Érase una vez un Rey - jamás he sabido dónde reinó ni cómo se llamaba - que no tenía hijos varones, y su única hija estaba siempre enferma, sin que ningún doctor acertara a curarla. Profetizaron al Rey que la princesa sanaría comiendo manzanas, por lo que el Monarca mandó pregonar por todo el reino que quien le proporcionase manzanas que la curasen, la recibiría por esposa y sería rey a su vez. Oyó el pregón un campesino que tenía tres hijos, y dijo al mayor:
- Sube al granero, llena un cesto de las manzanas más hermosas, de piel bien colorada, y llévalas a la Corte; tal vez la princesa se cure comiéndolas, y así te casarás con ella y serás rey.
Obedeció el muchacho y púsose en camino. Había andado un trecho cuando se encontró con un hombrecillo canoso, el cual le preguntó qué llevaba en el cesto. Respondióle Ulrico (tal era el nombre del mozo):
- Patas de rana,
A lo cual le replicó el enano:
- Pues patas de rana son y serán - y se alejó.
Al llegar Ulrico al palacio, anunció que llevaba manzanas para curar a la princesa. Alegróse el Rey y mandó que llevasen a Ulrico a su presencia. Pero, ¡oh, sorpresa!, al abrir el cesto se vio que en vez de manzanas contenía patas de rana, que aún se movían. Indignóse el Rey y mandó que lo arrojasen de palacio. Ya en casa, contó a su padre lo que le había sucedido, y entonces el hombre envió al hijo segundo, el cual se llamaba Samuel. Pero a éste le ocurrió lo que a su hermano mayor. Topóse también con el mismo hombrecillo y, a su pregunta de qué contenía el cesto, respondió: - Cerdas.
- Pues cerdas son y cerdas serán - replicó el enano.
Cuando se presentó en palacio afirmando que llevaba manzanas para curar a la princesa, no querían admitirlo, diciendo que ya se había hecho anunciar otro necio con el mismo cuento.
Pero Samuel insistió en que traía manzanas y en que le permitiesen entrar. Lo creyeron, al fin, y lo condujeron ante el Rey. Pero cuando abrió el cesto, aparecieron cerdas. Fue tanto el enojo del Soberano, que ordenó arrojar a Samuel a latigazos. Al llegar el mozo a casa, relató su percance y mala ventura. Adelantóse el hijo menor, a quien llamaban siempre el tonto, y preguntó a su padre si le permitiría ir, a su vez, con las manzanas.
- ¡Ésa es buena! - replicó el hombre -. ¡Fijaos en quién pide hacer el recadito! Los listos salen mal parados, y tú pretendes salir airoso.
Pero el pequeño no cejó:
- De todos modos, dejadme ir, padre.
- ¡Márchate de aquí, estúpido! Tendrás que aguardar a ser más listo - replicó el padre, volviéndole la espalda.
Pero Juanillo, tirándole de la chaqueta, porfió:
- ¡Dejadme que vaya, padre!
- ¡Por mí. puedes ir! ¡Ya veremos cómo vuelves! - gritó, al fin, el hombre. Pero el chico pegó un salto de alegría -. Sí, tú siempre haciendo tonterías. Cada día te vuelves más bobo ­ repitió el padre. Pero Juanillo no se inmutó ni perdió por ello su contento.
Como ya anochecía, pensó que sería mejor aguardar a la mañana siguiente. "Hoy no llegaría a la Corte," se dijo. Pasó la noche desvelado, y los pocos momentos en que estuvo amodorrado, soñó con hermosas doncellas, palacios, oro y plata y otras cosas por el estilo. De madrugada púsose en camino, y al poco rato se encontró con un enano gruñón vestido de gris, que le preguntó qué llevaba en el cesto. Respondióle Juanillo que llevaba manzanas para la hija del Rey. Esperaba que comiéndolas se curaría.
- Bien - respondió el hombrecillo, manzanas son y manzanas serán.
En la Corte le negaron rotundamente la entrada, alegando que ya habían venido otros dos pretendiendo llevar manzanas, y luego había resultado que uno traía patas de rana, y el otro, cerdas. Pero Juanillo rogó y porfió, asegurando que no llevaba patas de rana ni mucho menos, sino las manzanas más hermosas que se producían en todo el reino. Y como se expresaba con tanta ingenuidad, pensó el portero que no debía mentir, y le dejaron paso libre. Con lo cual demostró ser muy cuerdo, pues cuando Juanillo abrió su cesto ante el Rey, salieron a relucir unas magníficas manzanas doradas. Alegróse el Soberano y dispuso que se sirvieran inmediatamente algunas a su hija, quedando él en impaciente espera hasta que se le diese cuenta del resultado obtenido. Y, en efecto, al cabo de muy poco rato vinieron a informarlo. Pero, ¿quién pensáis que vino? Pues la princesa en persona, la cual, no bien hubo probado la fruta, saltó de la cama, milagrosamente curada y repuesta. Es imposible pintar con palabras la alegría del Rey. Sin embargo, se resistía a dar a su hija por esposa a Juanillo, y, así, puso por condición al mozo la de que antes le construyese una barca capaz de navegar mejor por tierra que por agua. Juanillo aceptó, regresó a su casa y contó a los suyos su aventura. Entonces el padre envió a Ulrico a cortar madera para fabricar la embarcación, y el muchacho se puso al trabajo con brío y silbando. A mediodía, cuando el sol se hallaba en lo más alto, presentósele un enanillo canoso y le preguntó qué hacía:
- Cucharones - respondió Ulrico.
- Pues bien - replicó el otro -, cucharones serán.
Al anochecer, creyendo el mozo terminada la barca, quiso subirse a ella, pero resultó que eran cucharones y no otra cosa.
Al día siguiente salió al bosque Samuel y le ocurrió lo que a Ulrico. El tercero fue Juanillo, el cual púsose a trabajar con tanto ardor, que en todo el bosque resonaban sus vigorosos hachazos; y, además, silbaba y cantaba alegremente. Volvió a mediodía el hombrecillo, cuando el calor era achicharrante, y le preguntó qué hacía:
- Una barca que navegue mejor por tierra que por agua ­ y, añadió, que cuando la tuviese terminada le concederían la mano de la hija del Rey.
- Pues bien - dijo el enano -: una barca será.
Al declinar el día, cuando el sol se puso entre resplandores de oro, Juanillo había terminado la construcción de la barca y de todos sus accesorios e, instalándose en ella, dirigióse a remo hacia la ciudad-residencia del Rey; y la barca corría como el viento. El Rey lo vio desde lejos, pero siguió negándose a otorgarle la mano de su hija, diciéndole que antes debía guardar cien liebres desde la madrugada hasta el anochecer; y si se escapaba una sola, no se casaría con la princesa. Conformóse Juanillo, y al siguiente día salió al prado con su rebaño, vigilando que ninguna liebre huyese. Al poco rato compareció una de las criadas de palacio a pedirle una de las piezas, pues había llegado un forastero. Pero el mozo, dándose perfecta cuenta de su perfidia, negóse a entregársela, diciendo que el Rey tendría que aguardar al día siguiente para su asado de liebre. La muchacha, sin embargo, no cejó, enfadándose, al final, y dirigiendo improperios al pastor. Entonces le dijo Juanillo que entregaría una liebre, con la condición de que fuese a buscarla la princesa en persona. Volvió la criada con el recado a palacio, y la hija del Rey bajó al prado. Entretanto se había presentado a Juanillo el enano de la víspera, preguntándole qué estaba haciendo. ¡Casi nada! Tenía que guardar cien liebres, procurando que no escapase ni una sola; si lo conseguía, se casaría con la princesa y sería rey.
- Bien - respondióle el enano -; aquí tienes este silbato; si escapa una, no tienes más que silbar y volverá enseguida.
Vino la princesa, y Juanillo le puso una liebre en el delantal; pero cuando se había alejado cosa de cien pasos, el muchacho hizo sonar el pito, y la liebre, saltando del delantal de la princesa, en un abrir y cerrar de ojos estuvo otra vez con el rebaño. Al anochecer volvió a silbar el pastor, y, después de comprobar que no faltaba ninguna liebre, condujo la manada a palacio. Admiróse el Rey al ver que Juanillo había logrado guardar cien liebres sin que se le escapase una sola. A pesar de ello, siguió negándose a entregarle a su hija: antes debía traerle una pluma de la cola del ave Grifo.
Juanillo se puso inmediatamente en camino, andando briosamente en la dirección que marcaba su nariz. Ya oscurecido llegó a un palacio, donde pidió albergue, pues en aquellos tiempos no se estilaban aún las hospederías. Acogiólo alegremente el señor del castillo y le preguntó adónde se dirigía. A lo que respondió Juanillo:
- A la casa del Grifo.
- Conque a la casa del Grifo, ¿eh? Pues me harás un favor, si es cierto que el Grifo lo sabe todo, como dicen. He perdido la llave de un arca de hierro, y quisiera que le preguntases
dónde está.
- Con mucho gusto - respondió Juanillo -. Así lo haré.
A la mañana siguiente, de madrugada, partió de nuevo, y llegó a otro palacio, en el que pasó también la noche. Cuando sus moradores se enteraron de que se dirigía en busca del Grifo, dijéronle que una hija de la casa estaba enferma, y, a pesar de haber acudido a todos los remedios imaginables, no había manera de curarla. ¿Podría él preguntar al Grifo la manera de sanar a la muchacha? Brindóse Juanillo a hacerlo y reemprendió la ruta. Llegó entonces a un río en el que, en vez de una barca, había un hombre altísimo y fornido que conducía a los Viajeros de una a otra orilla. Preguntó también a Juanillo por el objetivo de su viaje.
- A la casa del Grifo - díjole el mozo.
- En ese caso - añadió el gigante -, si consigues encontrarlo, pregúntale por qué se me obliga a llevar a los viandantes a través del río.
- Así lo haré - prometió Juanillo. El hombre se lo echó a cuestas y lo condujo a la orilla opuesta.
Poco después llegaba Juanillo a la mansión del Grifo. Sólo encontró a la mujer; el monstruo estaba ausente. La mujer le preguntó qué buscaba allí, y el muchacho se lo contó todo: Que necesitaba una pluma de la cola del Grifo; que en un palacio habían perdido la llave de una caja de caudales y debía preguntar al Grifo por su paradero; que en otro palacio había una muchacha enferma y deseaban que el Grifo les indicase un remedio, y, finalmente, que a poca distancia de allí, al borde del río, había un hombre encargado de pasar a los viandantes y quería saber por qué se le forzaba a ello.
- Tened presente, amigo - dijo la mujer -, que ningún cristiano puede hablar con el Grifo, pues los devora a todos. Pero si os escondéis debajo de su cama, cuando duerma por la noche os acercáis a él y le arrancáis una pluma de la cola. En cuanto a las cosas que deseáis saber, yo se las preguntaré.
Juanillo se avino a ello y se ocultó bajo la cama. Al cerrar la noche, llegó el ave. En cuanto entró en la habitación, dijo husmeando:
- Mujer, aquí huele a cristiano.
- Sí - respondió ella -, vino hoy uno, pero ya se marchó ­ y el Grifo no insistió.
A media noche, mientras dormía, roncando ruidosamente, acercósele Juanillo, y, de un tirón, le arrancó una pluma del rabo. El monstruo despertóse sobresaltado y exclamó
- Mujer, huele a cristiano, y, además, diría que alguien me ha tirado de la cola.
- Estarías soñando - lo tranquilizó su mujer -, y ya te dije que había venido un cristiano, pero que se marchó. Contóme un sinfín de cosas. En un castillo han perdido la llave de un arca y no la encuentran en ninguna parte.
- ¡Los muy tontos! - dijo el Grifo -. La llave está en la casa de madera, detrás de la puerta, bajo un montón de leña.
- Luego me dijo también que en otro palacio había una muchacha enferma y no encontraban el medio de curarla.
- ¡Los muy tontos! - repitió el ave -. Al pie de la escalera de la bodega, un sapo ha hecho un nido con sus cabellos; si la muchacha recupera los cabellos, sanará.
- Finalmente, me contó que en un río hay un hombre condenado a pasar a los viandantes.
- ¡El muy estúpido! - exclamó el Grifo -. Si dejase a uno de ellos en el centro del cauce, no necesitaría seguir transportando gente.
De madrugada levantóse el Grifo y se marchó. Entonces Juanillo salió de debajo de la cama provisto de su hermosa pluma; además, había oído lo que la prodigiosa ave dijera acerca de la llave, la muchacha y el hombre. La mujer se lo repitió todo de nuevo para que no se le olvidase, y el mozo emprendió el regreso. Llegó, en primer lugar, hasta el hombre del río, el cual le preguntó enseguida qué le había dicho el Grifo. Juanillo le prometió que se lo diría una vez lo hubiese llevado a la otra orilla. Pasólo el hombre, y entonces el muchacho le dijo que en cuanto dejase en medio de la corriente a uno de los que transportaba, quedaría libre de su forzada ocupación. Alegre el gigante en extremo, brindóse, en prueba de agradecimiento, a pasar de nuevo a Juanillo, pero éste le dijo que ya tenía bastante y no quería molestarlo más. Y prosiguió su ruta. Llegó luego al palacio en que residía la doncella enferma. Cargándosela en hombros, puesto que ella no podía valerse, llevóla al pie de la escalera de la bodega y, cogiendo el nido del sapo que había en el peldaño inferior, púsolo en la mano de la muchacha. En el acto saltó ésta al suelo, subiendo la escalera por su propio pie, completamente curada. Sus padres sintieron una gran alegría y obsequiaron a Juanillo con oro, plata y cuanto quiso llevarse. En el segundo palacio, el muchacho fue directamente a la casa de madera, y, en efecto, detrás de la puerta, y bajo un montón de leña, apareció la llave perdida. Llevóla al dueño, el cual contentísimo, recompensó a Juanillo, dándole buena parte del oro que encerraba el arca, además de otras muchas cosas, como vacas, ovejas y cabras.
Al presentarse Juanillo al Rey con todas aquellas riquezas: dinero, oro, plata, vacas, ovejas y cabras, preguntóle el Monarca de dónde había sacado todo aquello, y el muchacho le respondió que el Grifo lo daba a manos llenas a todo aquel que se lo pedía. Pensó el Rey que podía aprovecharse de la ocasión y, ni corto ni perezoso, emprendió el camino de la mansión del ave. Pero al llegar al río, resultó ser el primero en presentarse allí después de Juanillo, y el hombre, al pasarlo, le dejó en medio del cauce, donde se ahogó. Juanillo se casó con la princesa y fue proclamado Rey.
Der var engang en konge, men hvor han regerede eller hvad han hed, ved jeg ikke. Han havde ikke andre børn end en eneste datter, som altid var syg, og ingen læge kunne helbrede hende, men der var engang blevet spået, at hun kunne blive rask, når hun spiste et æble. Kongen lod derfor bekendtgøre, at den, der kunne bringe ham dette æble, skulle få hans datter til ægte og blive konge over hele landet. Udenfor byen levede der en bonde, som havde tre sønner. "Gå ind i haven og pluk en kurvfuld af de dejlige, røde æbler," sagde han til den ældste, som hed Ole, "måske kan de gøre kongedatteren rask, og så får du hende til kone og bliver konge." Sønnen gjorde det da også og begav sig på vej. Da han havde gået et lille stykke mødte han en gammel mand, som spurgte hvad han havde i kurven. "Frølår," svarede Ole. "Nå, så siger vi det," sagde manden og gik videre. Langt om længe kom Ole til slottet og fortalte, at han kom med nogle æbler, som nok ville gøre prinsessen rask. Kongen blev meget glad, men da Ole tog låget af kurven, så han til sin forfærdelse, at den var fyldt med frølår, som lå og kravlede omkring. Da kongen så det, blev han meget vred, og lod ham øjeblikkelig kaste på porten. Da han kom hjem og fortalte, hvordan det var gået, sendte den gamle den anden søn, som hed Mads, af sted, men det gik ham akkurat ligesådan. Han mødte også den lille mand, der spurgte hvad han havde i kurven, og han svarede: "Svinebørster." - "Nå, så siger vi det," sagde manden. Da Mads kom op på slottet og sagde, han havde æbler, som skulle helbrede prinsessen, troede tjenerne først, det ikke var sandt, og ville ikke lukke ham ind, men da Mads blev ved at forsikre dem derom, lod de sig til sidst overtale til at lade ham komme ind til kongen. Men da han lukkede kurven op, var den fuld af svinebørster, og kongen blev skrækkelig vred og lod ham piske ud af gården.

Han løb nu hjem og fortalte, hvordan det var gået ham, og den tredie søn, som de kaldte dumme Hans, bad da sin far, om han måtte få lov til at gå op på slottet. "Jo, du er mig den rette karl," sagde den gamle, "når ikke engang de kloge kan hjælpe, hvad skulle så du kunne gøre." Men fyren blev ved at plage. "Å, gå dog væk, din dumme dreng," sagde faderen gnavent, "vent til du bliver noget klogere." Derpå vendte han sig om, men Hans trak ham i frakken. "Lad mig nu få lov, far," bad han. "Nå, ja,ja, så for mig gerne," svarede faderen, "du kommer såmænd nok hjem igen." Hans hoppede og sprang af henrykkelse. "Se, hvor han skaber sig, det tossehovede," sagde den gamle, "han bliver dummere for hver dag, der går." Hans lod sig imidlertid ikke forstyrre i sin glæde. Da det var sent på aftenen, og han alligevel ikke kunne komme til slottet den dag, besluttede han at vente til næste morgen. Han lukkede næsten ikke et øje hele natten, og når han endelig engang blundede lidt, drømte han om dejlige piger og slotte og guld og sølv. Tidlig næste morgen begav han sig på vej, og lidt efter kom den gamle mand gående bagfra, trak ham i trøjen og spurgte, hvad han havde i kurven. Han svarede at det var æbler, som prinsessen skulle spise for at blive rask. "Nå, så siger vi det," sagde den gamle.

Men da Hans kom til slottet, var der ikke tale om, at de ville lukke ham ind, for der havde allerede været to, som sagde, de havde æbler, og den ene havde haft frølår og den anden svinebørster. Hans blev ved at forsikre, at han havde de dejligste æbler i hele kongeriget. Tjenerne syntes, han gjorde sådan et troværdigt indtryk, og da han kom ind til kongen og tog låget af kurven viste det sig også, at den var fuld af de lækreste æbler. Kongen lod dem straks bringe til sin datter og gik nu i spændt forventning om, hvad virkning de ville gøre. Lidt efter kom datteren selv sund og frisk ind til ham og han blev ude af sig selv af glæde. Men han ville alligevel ikke lige straks give Hans hende til kone. Han skulle først lave en båd, som gik ligeså godt på landet som i vandet. Hans gik ind på det og gik hjem og fortalte, hvordan det var gået ham. Den gamle sendte da Ole ud i skoven for at lave båden, og han arbejdede flittig og fløjtede imens. Ved middagstid, da solen brændte hedt, kom den lille mand og spurgte, hvad han lavede. "Et træfad," svarede Ole. "Nå, så siger vi det," sagde den gamle. Om aftenen, da Ole troede, han var færdig og ville sætte sig op i båden, var den ikke anderledes end et almindeligt træfad. Næste dag gik Mads ud i skoven, men det gik ham ligesom Ole. Den tredie dag gik Hans derud. Han arbejdede flittigt og sang og fløjtede, så det klang gennem skoven. Ved middagstid kom den lille mand igen og spurgte, hvad han lavede. "Jeg laver en båd, der kan gå ligeså godt på land som på vand," svarede Hans. "Nå, så siger vi det," sagde den gamle, og da solen sank, var Hans fiks og færdig med sin båd og roede af sted til slottet, og det gik med vindens fart. Kongen havde set ham i lang afstand, men ville alligevel nødigt give ham sin datter til kone og forlangte, at han først skulle vogte hundrede harer fra morgen til aften, og hvis der blev en eneste af dem borte, fik han hende slet ikke. Hans gik næste morgen ud i skoven med hele sin hjord og passede nøje på, at ingen af dem løb sin vej. Kort efter kom der en pige oppe fra slottet og bad, om han i en fart ville give hende en hare, for der kom fremmede, og den skulle steges. Hans mærkede nok, hvad der stak bagved og svarede, at kongen kunne vente til næste dag med at give sine gæster haresteg. Men pigen blev ved at trænge ind på ham, og til sidst sagde han, at hvis prinsessen selv ville komme, skulle hun få en. Pigen gik hjem og fortalte det, og da hun var gået, kom den lille mand og spurgte, hvad han bestilte. "Jeg passer på, at ingen af harerne løber deres vej," svarede han, "for så får jeg ikke prinsessen og bliver ikke konge." - "Godt," sagde den gamle mand, "der har du en fløjte. Hvis en af harerne løber bort, behøver du blot at blæse i den, så kommer den straks tilbage." Lidt efter kom prinsessen, og Hans gav hende en af harerne, men da hun var kommet hundrede skridt bort, blæste han i fløjten, og øjeblikkelig sprang haren fra hende og løb tilbage til hjorden. Om aftenen blæste han igen i fløjten, og da han havde set, at de allesammen var der, drev han dem tilbage til slottet. Kongen blev meget forbavset da han så, at der ikke manglede en eneste, men ville alligevel ikke give ham sin datter, før han havde bragt ham en fjer af fuglen Grif. Hans begav sig straks på vej og gik lige ud for næsen. Om aftenen kom han til et slot og bad, om han måtte blive der om natten, for dengang havde man ingen kroer. Han blev venligt modtaget og slotsherren spurgte, hvor han ville hen. "Til fuglen Grif," svarede Hans. "Vil du det," sagde han, "man siger jo, at den ved alt. Vil du ikke spørge den, hvor nøglen til mit jernpengeskrin er blevet af." - "Jo, det skal jeg nok," sagde Hans. Tidlig næste morgen gik han videre og om aftenen kom han til et andet slot, hvor han blev om natten. Da slotsherren fik at vide, hvor han skulle hen, fortalte han, at han havde en datter, som var meget syg, og bad ham nu spørge fuglen, hvad han skulle gøre for at få hende rask igen. Hans lovede det og drog derpå videre. Kort efter kom han til en dyb flod, hvor der ikke var nogen færge, men en stor mand, som måtte bære alle folk over. Manden spurgte, hvorhen rejsen gik. "Til fuglen Grif," svarede Hans. "Så må du gøre mig en tjeneste," sagde manden, "spørg den, hvorfor jeg må gå her og bære alle mennesker overvandet." - "Det skal jeg nok," sagde Hans, og derpå tog manden ham på ryggen og bar ham over. Langt om længe kom Hans til fuglen Grifs hus. Der var ikke andre hjemme end fru Grif, og hun spurgte ham, hvad han ville. Hans sagde da, at han skulle have en af hendes mands fjer og fortalte hende også om slotsherren, hvis nøgle var blevet borte, og om manden med den syge datter og om den store, store mand, som måtte bære alle mennesker over vandet. "Ja, min ven," sagde fru Grif, "min mand spiser alle de kristne mennesker, han kan få fat i, men du kan krybe ind under sengen og vente, til han er faldet i søvn, så kan du rive en fjer af ham, og det du ønsker at vide, skal jeg nok selv spørge ham om."

Hans gjorde det. Men ligesom Grif kom ind i stuen sagde han: "Jeg lugter kristenkød." - "Ja, her har også været en, men han er gået igen," svarede fru Grif, og dermed gav han sig tilfreds. Midt om natten, da fuglen Grif snorkede af alle kræfter, strakte Hans hånden ud og rev en fjer af den. I det samme vågnede den, for op og råbte: "Jeg lugter kristenblod, der var nogen, som ruskede mig i vingen." - "Du har drømt," sagde konen, "jeg har jo sagt dig, at her har været et menneske i dag. Han fortalte mig for resten forskellige ting. Han kom lige fra et slot, hvor nøglen til pengeskrinet var blevet borte." - "De tossehoveder," sagde Grif, "den ligger ude i brændeskuret under huggeblokken." - "Han har også været i et andet slot, hvor der var en syg pige, som slet ikke kunne blive rask igen. Hvad skal de gøre ved hende?" - "Det er let nok, svarede Grif, "inde under kældertrappen er der en skrubtudse, som har lavet en rede af hendes hår. Når hun får hårene igen, bliver hun rask. "Så fortalte han mig til sidst, at han var kommet over en flod, hvor der altid gik en mand og bar folk frem og tilbage. Hvordan kan han slippe for det?" - "Det er en smal sag," svarede fuglen. "Bare han midt ude i floden sætter den, han har på ryggen ned i vandet, så er han selv fri."

Næste morgen tidlig stod fuglen Grif op og gik ud. Hans krøb da frem fra sit skjulested. Den smukke fjer havde han, og han havde også ganske tydelig forstået, hvad fuglen havde sagt. Fru Grif gentog det for ham for at være sikker på, at han huskede det, og så begav han sig igen på vej. Først kom han til manden i vandet, som spurgte, hvad fuglen havde sagt. Hans ville ikke fortælle ham det, før de kom over på den anden bred. Så bar manden ham over, og Hans sagde ham, hvad han skulle gøre. Han blev meget glad og tilbød til tak at bære Hans en gang til frem og tilbage over floden, men han sagde nej tak. Han havde fået nok af den ene gang. Derpå kom han til slotsherren, der havde den syge datter. Hun var så svag, at hun ikke kunne støtte på benene, og Hans tog hende derfor på armen og bar hende ned til kældertrappen. Der tog han skrubtudsereden frem, lagde den i hendes hånd, og øjeblikkelig var hun rask igen. Hendes forældre blev ude af sig selv af glæde og gav ham ligeså meget guld, han ville have. Hans gik nu videre, og da han kom til det næste slot, gik han lige ned i brændehuset og flyttede huggeblokken, og der lå nøglen. Slotsherren blev meget glad og gav Hans til belønning en hel del af det guld, som lå i kisten, og desforuden en mængde får og køer og geder.

Da Hans kom til kongen med alle disse gode ting spurgte han ham, hvor han havde fået alt det fra. Hans sagde, at fuglen Grif havde givet ham alt, hvad han ville have. Kongen fik lyst til også at prøve sin lykke og begav sig på vej. Da han kom til floden, tog manden ham på ryggen, men han var netop den første der kom, efter at Hans havde været der, og midt ude i vandet satte manden ham ned og løb sin vej. Kongen druknede, og Hans giftede sig med kongedatteren og blev konge over hele riget.




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